La Poma: pueblo fantasma y maldito


“Amigo, despertate, hay que desarmar la carpa, nosotros nos vamos ahora…”. Y desde adentro se escucha un “Uh, cinco minutitos mas, mami (uff, ¡la puta madre!)”. Uy, qué frio que hace, menos mal que no me hice el Tarzán y no dormí afuera… Pero la suerte no podía durar tanto. El pibe desconocido y su carpa se van. Y yo, desalojado. Patitas en la calle. Otra vez mochila al hombro y a patear sin rumbo, a ver qué hago… o qué hace este pueblo mágico conmigo.

            Ya lo dije, éste pueblo tiene magia, hace cosas. Me fui a desayunar a la plaza, solo. Me tiré por ahí … y al toque, un pibe que estaba sentado cerca me hace señas con su mate. Soy re fácil, con eso alcanzó. Mis galletitas y su mate. De entrada ya pegamos. Dos pelilargos barbudos y viajeros solitarios, sentados en el monumento del medio de la plaza de Cachi. Y encima resulta que también es árbitro de fútbol, igual que yo. Listo, me voy con él. Para en el camping. Me mudo nuevamente ahí, ahora a unos metros de anoche.

            Leandro tiene carpa, anafe, mate, hace macramé, todo. Parecía que vivía en el camping, se mimetizaba con la naturaleza. Era media mañana recién, calculo, y ya éramos parejita. Y al rato se nos sumó otra vecina sola con su carpa, Erika, y al rato otra vecina sola con su carpa, Cele. Y éramos cuatro viajantes solitarios coincidiendo en una ronda de mate. Un Solos y Solas. Éramos cuatro, pero eran tres las carpas de nuestro vecindario. Y yo era el Chavo del 8.

            “Yo me voy a La Poma”, tiré en el almuerzo. “Ni idea dónde queda, ni nada. Me lo recomendó una familia desconocida anoche y hoy voy a ir ahí, como sea, con quien sea, pero yo arranco”. Se prendió la Cele, así que al rato estábamos con la mochila en la calle nuevamente.

            El bondi está por arrancar. Otra vez un bondi todo destartalado. No entiendo cómo se la bancan tanto estos colectivos. Están todos arriba. La Cele está apenas subiendo, en los escalones, y abajo, sólo el chofer y yo. Algo me frenaba. Todavía no me había parado a pensar qué carajo estaba haciendo. Mis piernas iban. Había como algo adentro que me frenaba. Era la voz de Lita Robres y toda su familia, que la noche anterior me alertaban una y otra vez: “Ojo, si vas a La Poma, asegurate cómo volver, porque allá no hay nada. Cuidado, en serio”. Por las dudas le pregunto ingenuamente al chofer, apenas antes de subir, con el motor ya en marcha:
-“¿A qué hora volvemos para Cachi?”

-“A las 6 de la tarde… pero de mañana recién”

            Con la Cele nos miramos. Silencios. No podemos volver mañana. No llevamos nada, allá no hay nada, tampoco le avisamos al resto del grupito. “¿Qué hacemos?”

-“Ya fue, vemos de volver a dedo…”

-“Ja! No, chicos… no viene nadie de allá para acá, eh”

-“Uh, bueno, volvemos en remís”

-“No, allá no hay remises”

-“Llamamos y pedimos que un remís de Cachi nos vaya a buscar…”

-“Miren que allá no hay señal, eh”

            Uff, cagados. ¿Qué hacemos? Ella mitad arriba, yo mitad abajo. Nos miramos. El chofer nos mira. Entre nuestras caras de preocupación, se nos mezclan risas nerviosas. “Boluda, tenemos todas en contra, ir sería una inconsciencia total”. “Ya fue, vamos y después vemos”. Y haciendo fuerza para no pensar demasiado, nos sentamos en el fondo del bondi.

Ruta 40.
            No veo otros turistas tampoco. Todos lugareños, con bolsones, que van o vienen laburando. ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué estamos haciendo? Ya fue, estamos jugados. Hasta es gracioso y todo esto de estar yendo a la nada. Miro para afuera y es eso, la nada. Estamos en medio de la nada. Pero observo nuevamente, y no. Esa nada lo es todo. Nada menos que la famosa Ruta 40. La nada es todo. 60km de tierra. El bondi levanta la tierra del camino  y nos pintamos de tierra. Somos parte del paisaje. Se respira tierra. Tierra, seca, desolada. Pero con mucho sol. Desierto. De vez en cuando resalta una nube en el penetrante azul. De vez en cuando también llama la atención un verde en el infinito marrón. Hasta los cactus son marrones. Hasta las casitas son Marrone. Cada tanto se ven al costado del camino alguna que otra casita de adobe. Sola, en medio de la nada. Totalmente devastadas, abandonadas. Algunas sin techo, como si una guerra les hubiese pasado por arriba. Hace muchos kilómetros que parecen arrasados por una guerra. Sin gente, sin verde, sin vida. Y un bondi rastrojero atravesando esa inmensidad. Y yo ahí en el medio. Durmiendo. Primero sueño despierto, y ya ahora, miro el paisaje dormido.

            Alguien me toca el hombro. “Llegamos. Ustedes se bajan acá”. Sobresaltado, sin entender mucho, agarro la mochila y bajamos. Uy, estamos en medio del desierto, de la nada, Bajamos nosotros solos, y todos nos mirar raro desde arriba del colectivo. Me habían comentado de unos volcanes y unas cuevas raras , y le pedí al chofer que nos avisara. “Para allá tenés los volcanes, esos de allá. Y 7km para allá está el pueblo, suerte”. Cerró la puerta y arrancó. Nos levantó polvo en la cara y se fue nomás. Mirar para todos lados y ver desierto. Y que sólo atines a reírte. “¿Esos son los Volcanes Gemelos? Nahh…” Más risa. Dos fiascos. Igualitos, si, pegados, pero medios pobretones, no sé… ¿Y las cuevas con estalactitas y el río? Nunca las encontramos. Sólo tierra, piedras, sol y montañas para todos lados. Infinito. Caminar por la Ruta 40 lo vale. Imponente. Igual nos termina levantando una chata (la única que vi pasar en todo el día) e hicimos entrada triunfal al pueblo en caja de chata, junto a dos ciclistas averiados.

Nadie.
            Bueno, llegamos… acá estoy… La Poma… ¿Qué hacemos acá? ¿Dónde estamos? ¿Cuándo estamos? ¿Y la gente? Parece una de esas películas de zombies donde una peste arrasó toda la población. No hay sobrevivientes. La Cele, yo, un par de perros. Allá a lo lejos, en la otra punta del pueblo (son 4 cuadras, se ve de punta a punta) está estacionado el micro que nos trajo. En la otra punta veo un camión en la almacén. “Maestro, ¿vuelve para Cachi hoy?”. “Si, hago un par de repartos y en dos horas los paso a buscar por la plaza y los llevo”. Salvación. Demasiado justo, mucho culo. Demasiado. Tiempo suficiente para recorrer todo el pueblo. 20 minutos. Son un par de minutos. No hay nada. Y eso mismo es el atractivo. Hermosamente desolador. En las afueras hay restos del pueblo viejo, arrasado por un terremoto hace 80 años. En las calles, nadie. Pero ndie, eh. Asusta.

Todos.
            De pronto, una pelota rueda en la placita. Me acuerdo lo que vengo diciendo pueblo tras pueblo. “Puede no haber nada, ni casas, ni iglesia, ni espacio, ¡ni gente!, pero siempre hay fútbol”. Y la nada misma se convierte en todo. Un árbol, un arbusto y un macetero se convierten en una canchita de fútbol. Leonel y yo, contra Moisés y Eduardo. Chivo. El pasto estaba alto, mucho sol. Cancha pesada. Estamos a mas de 3.000 mts de altura. Voy, pero no vuelvo. La pongo bajo la suela, pura experiencia, y los pibitos no me la pueden sacar. De golpe aparecen Robin, Mati, Jimena, Elvio, Rocio, Pame y Norma. Alto partido. Una banda. ¿De dónde carajo salieron todos estos pibes? ¿Dónde estaban? Para mi que son fantasmas. O son ilusiones mías. Quizás de veras no haya nadie y jugué al fútbol solo, no sé. Porque en todo el pueblo, en serio, no hay almas. Metí el gol de la victoria y salí festejando solo, obviamente.

            En cualquier momento nos tiene que pasar a buscar el camión que habíamos pactado. Pasa el rato y no aparece. Pregunto en la Comisaría al único oficial de servicio. “¿Camión? Yo no vi ningún camión en todo el día en el pueblo, no tengo noticias de que venga ni vaya ningún camión por acá”. Joya, el camioncito también era fantasma. La mina de la almacén dice que lo vio, pero que se fue temprano y nunca iba a pasar por la plaza y todo eso. “El de la Municipalidad va para Cachi, pregúntenle, es el único que va hoy para allá”, nos dice. Piquete y freno la chata del ¿Intendente? (o lo que sea). “Maestro, usted es nuestra última salvación, ¿nos puede hacer la gauchada y llevarnos, por favor?”. “No, voy lleno, no tengo mas lugar”, y arranca en mi cara. La concha de tu madre, hijo de mil puta, estás en una camioneta del Estado y nos clavás así. Forro. Se fueron todos. Hasta el sol se está yendo. Mientras se esconde, tiñe de oscuro todos los bonitos colores de las montañas de allá enfrente. Baja, desesperante, como arena de reloj. Carrera contra el tiempo, en un pueblo donde el tiempo pareciera estar detenido.

            Voy puerta a puerta, preguntando en todas las casas que tengan un auto en la puerta, si no me tiran hasta Cachi, en un ruego desesperado. Encontré 5 autos y una moto en todo el pueblo. Y en sólo dos casas había gente. El pibe de la motito tenia 14 años y le pedí que lleve a dos personas a 60km, de noche. Cualquiera. Voy al Centro de Salud. –------   

 - “Doctor, ¿nos puede llevar en la ambulancia hasta Cachi? Es una emergencia, me hago el enfermo, en serio…”.

- “No podemos, es la única unidad y el único doctor en todo el pueblo”.

- “Pero… ¡si no hay gente!”.

            Se nos acerca el oficial de Policía.

-          “Oficial, están al ´servicio de la comunidad´, ¿eso incluye servicio de remís? ¿nos puede llevar?

-          “Soy el único oficial y el único auto, no me dejan salir de acá, si no… Lo que les puedo ofrecer es una piecita que tenemos en el fondo de la comisaría. Tiene agua caliente y frazadas, se pueden quedar a dormir ahí…”

Ni da dormir en un calabozo. Ojo, esto de alojarse en una comisaría es re tentador. Es re bizarro, muy gracioso, re da. Pero no. Y lo peor es que el tipo lo dice en serio. Señal de que nos tenemos que resignar. La puta madre, ¡estamos atrapados! El pueblo fantasma nos quiere atrapar.  Sin ropa, sin comida sin plata, sin avisar. Sin nada. Hay que volver, como sea. El cana se va, el doctor lo mismo. Quedamos Cele y yo, y el pueblo fantasma. Le mando mensaje de texto a una amiga: “La Poma: pueblo fantasma y maldito”, Ah, no, cierto… tampoco tenemos señal.

Son casi las 20hs, con lo que eso implica en un pueblo. La única luz que quedase está apagando, es del almacén que está cerrando. Nos ve ahí en medio de la nada, perdidos, y nos dice tímidamente: “Fíjense que quizás en un par de horas baja de la montaña un camioncito. Termina de recolectar allá arriba, pasa por acá y va para Cachi… No sé, hay días que pasa, quizás…”. Así, textual, con ese grado de precisión y certeza. ¿Qué hacer? Agarrarse de la nada. Nuestra única esperanza es otro camión fantasma, buenísimo.

Ruta. Noche. Frío. No se si tiemblo de frío o de miedo. Incertidumbre. Igual, tranquilo. Hasta por momentos el helado y oscuro silencio se corta con una risa nerviosa. Me veo sentado acá, al costado de una ruta desierta, de noche, perdido, atrapado, esperando un camión fantasma… y no puedo hacer más que reirme. “¿Te dás cuenta de lo que es esta situación, no?”. Y nos reimos. Creo que me río poruqe no tomo verdadera consciencia de todo esto. Y está buenísimo. Hace dos horas que no se mueven ni las sombras. Sólo la luna nos ilumina. El pueblo duerme, o está muerto, o no existe. Y nosotros hace dos horas sentados en la ruta desierta, de noche, esperando la nada…

Arvejas.
¡Y allá viene! ¡El puto camioncito! Pará, ¿será de verdad? A ver, frena. Uh, alta chata, buenísima. Rastrojero viejo nomás. Va a Salta, pasa por Cachi. Durísimas negociaciones. No nos quiere llevar, no se anima creo. Le ruego. “Por favor, maestro, es nuestra última salvación”. Dice que no tiene lugar, que tiene la caja llena. Estamos jodidos, parece decidido. Pero aparece de la nada la mina del almacén, que nos había rondando en el pueblo todo el día. “Llévelos, son buenos chicos”, le dice ella. Accedió. Nos hace lugar atrás, entre los bolsones. Lleva arvejas. Nos volvemos en un camión de arvejas, increíble. Nos apretamos atrás, entre las arvejas. Hace un frío de locos. Su jermu se apiada y le dice que vayamos adelante con ellos. Ruta de montaña, de noche, y en chata. Apenas se ve 10mts para adelante. La tiene re clara el tipo. Viajan siempre de noche para mantener frescas las arvejas. Van al Mercado de Salta. La mujer va hablando por celular, vendiendo las arvejas en el camino. Eso si, el tipo le va diciendo “en esta curva hay señal, hablá ahora”, salteado. Porque claro, estamos en una especie de Triángulo de las Bermudas.

Pero claro, semejante aventura no podía terminar así nomás. La chata nos tiró hasta el Cruce de Payogasta. En medio de la ruta, como nunca, y re de noche. Panorama jodido. A 4km recién está Payogasta, y de ahí a Cachi, unos 12 mas. No hay chances que pase nadie por la ruta. Hay que caminar. Allá a lo lejos, muy lejos, se ven unas pequeñas lucecitas. Alrededor nuestro, negro. Supongo que estaremos en medio del desierto, no sé, no se ve. Negro. Y silencio. Patear. A ciegas. Llegamos a Payogasta y lo único que encontramos vivo era un supermercadito. Un pibe de ahí nos terminó llevando de onda a las 11 de la noche hasta Cachi. La única persona que encontramos a esa hora en todo ese pueblito, y tenía una camioneta. Golazo.

Tanta aventura, suerte, osadía, temor, decisión, coraje, fuerza, cagazo, paciencia, desesperación, y nuevamente suerte, nos trajo de vuelta a Cachi. Porque La Poma es fantasmal, casi maldito… pero Cachi tiene magia. Cachi y su magia nos rescataron y nos volvieron a la vida. Fuimos fantasmas deambulando por el desierto, por el tiempo, levitando sobre camiones de arvejas, pero la magia de Cachi nos trajo a casa. Y vaya que hizo magia también a la noche. Si no, pregúntenle a mi (no) compañero de carpa. Había tres carpas de uno, para cuatro personas. Y yo dormí solo (Si, otra vez dormí solo en carpa prestada). Cosas que pasan en Cachi…

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