"Puerto López, su silencio o mi sordera."


¡Goool! Gol, carajo, gol. Vamos Boca, la puta madre. Gol, gol.
Qué lindo gritar un gol de Boca así. 
Juega Boca por la Copa, allá en Guayaquil, contra el Barcelona. Acá en Guayaquil. Estoy en Puerto López, a unos
De visitante.
200km de aquella ciudad. Son todos de Barcelona, todos. Andan con su camiseta amarilla por todos lados. Estoy viendo a Boca en una pantalla gigante en la playa, en un bar. Estoy en malla, y de fondo se ve un atardecer rojizo. Barbi fue a comprar para hacer unos fideos, hoy cocinamos.

Estoy solo entre 30 rivales. El gordo del bar se me acerca, me habla del partido. Se da cuenta que soy bostero. El tipo del supermercado ya me conoce, me carga porque jugamos un primer tiempo malísimo. Estoy solo entre más de 30 camisetas amarillas rivales, igual que el Burrito Martínez dentro del área para empujarla. ¡Gol! Lo grito con todo. Sé que me van a mirar como el culo, mínimo. Pero me hice amigo de un par, no creo que me linchen. Lo grito con todo. Salgo apretando los puños y descargando puteadas hasta el medio de la calle.

Creo que grité muy fuerte, y mal, bardié. No sé, no me escucho. Pero viene Barbi asustada y dice que escuchó el grito desde la otra cuadra. Dice que dice, bah, no sé. No la escucho. Se preocupa, me pregunta si alguien me dijo algo. No sé, no los escucho.

Estoy sordo, mal. No sé. No escucho una goma, posta. Estoy un toque cagado. Hace unos días que me fui quedando progresivamente sordo. Hoy no escucho nada, de nada, en serio. Ella me habla, yo asiento con cara de nada, sin haber escuchado. Mi amigo del supermercado lo mismo, lo último que le escuché decir fue que le gustaba Charly, Fito y Spinetta. Y después, silencio. Desesperante silencio.

No sé si habrá sido el mar, la arena, el viento de la chata en la que hicimos dedo por horas, el barco en el que
Pescado.
fuimos a la isla de Salango, el snorkel, el surf, la altura acumulada en Chimborazo, Quilotoa, Quito, Cuenca… O todo junto. O sea, pasamos de los 5.000 metros sobre el nivel del mar de Chimborazo, a sumergirme varios metros y nadar con pececitos de colores bajo el Océano Pacífico… pero, ¿ahora me quedé sordo? Siento como si se me hubiese “gastado” el sentido auditivo. ¿Se gasta la audición?

Barbi ya me odia. Me habla y no le contesto. No la escucho. Y yo me odio. Hablo y no me escucho. Me da miedo, ¿me estaré quedando sordo de verdad, por completo?

Escucho silencio. Escucho la profundidad del silencio, la profundidad del mar. Se siente eso, se escucha ese silencio sordo de estar sumergido en un océano azul oscuro entre rocas. Escucho ese mar en tierra, escucho esa profundidad en el avión de vuelta, escucho esa paz zumbar aun también al llegar a esta selva gris. No sé si estoy sordo, o es que me dejé la cabeza ahí abajo del agua. Será qué Puerto López es la última parada antes de volver a Buenos Aires. Será que no quiero volver ni en pedo. Será que no quiero escuchar.

Sólo el rugido de las olas explotadas del Pacífico son lo suficientemente fuertes como para superar mi silencio. Sólo escucho olas. Constantes. Esas olas de la bahía del Parque Nacional Los Frailes, o esas olas poco pacíficas de Ayampe.

Los Frailes… ese lugar en el que perdimos el sentido del tiempo. Como en Lost. Entre bosques, lagartijas,
Frailes.
acantilados, cangrejos de los enormes, y playas en las que sólo se dibujan mis huellas, perdimos toda noción del tiempo, o el tiempo nos dio un changüí: venía calculando el día porque Boca jugaba a las 18:15 de acá, pero al prender la tele, noté que eran las 16:15. ¿Puede ser que hayamos hecho todo el viaje con dos horas de diferencia? ¿Puede ser que recién el último día nos hayamos dado cuenta que estuvimos viajando 20 días con el reloj adelantado dos horas? Qué lindo eso.

Ayampe… ese lugar donde hice surf. Bah, “surf”. A Barbi y a todos les dije que había surfeado, que me había parado y todo. Pero no sé si fue tan así. A ella le dije que fuésemos a ese pueblo el último día de nuestra estadía, para despedirnos como corresponde del Señor Atardecer. Puesto que en Puerto López el sol se esconde detrás de una montaña, había que ir al sol a saludarlo. Se lo merece. Se lo va a extrañar. Pero, quizás, tampoco fue tan así. Ayampe es un reconocido centro de surf. Quería despuntar mi antojo de tablita, y a lo grande. Creo que fracasé, pero también creo que puedo llegar a ser muy bueno con la tabla adecuada (me dieron una pequeña, para expertos… será que tengo cara de

experto… o de boludo). Barbi odia a los surfers. No sabe por qué, pero los odia. A mi me debe estar odiando mil entonces. Pero no sé, no la escucho. Por suerte.

Está bueno no escuchar tanto a veces. No escuchar el reloj, no escuchar las puteadas de los rivales, no escuchar
que el avión está por llegar a Buenos Aires, no escuchar Buenos Aires, no escucharme a mí mismo. Total, el sol, el calor, la arena, un beso de Barbi, el agua, los mariscos en la playa, los peces y los cangrejos, las rutas y los atardeceres, no hacen falta escucharlos, hablan en otro idioma. Y ese silencio azul profundo que me traje de Ecuador, me habla. Me habla de colores, sabores, fríos y calores, montañas y mares, calles y goles, paisajes y pasajes, rutas y alpargatas, monos y cangrejos, arena y nieve, aviones, barcos y bondis. Habla tanto Ecuador. Tanto que me dejó sordo, me gastó el oído. O me lo bloqueó, me lo preservó para soportar la vuelta a casa. O simplemente escuché todo eso, junto.

Lo cual puede ser, muy probable. Porque ya en casa, el doctor me sacó un tapón horrible de la oreja. Una bola
La rasta se queda allá.
de cosas que tenía un poquito de cada una de esas cosas, recuerdos de Ecuador. Igual, tranquilo, Ecu amigo, te dejé enterrado en tu playa una de mis rastas, cortada a mano con un caracol, a modo de ritual y sacrificio.

Nos vemos la próxima, Ecuador.

"Canoa: Los 16 pasos de casa a playa, del cielo al mar"


Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, y dieciséis. 
Dieciséis pasos de casa a la playa. Dieciséis pasos de la puerta de nuestra choza de Canoa hasta las palmeras. Dieciséis pasos descalzos. Creo que no usé zapatillas ni remera en todo Canoa. Casa frente al mar. El patio es la playa. Dieciséis pasos y cruzo la calle de tierra y atravieso la línea de palmeras y 
la línea de “cevicherías”. Hay un par de hamacas. Y la playa se abre inmensa en nuestro patio.

Aprovechando el envión de la fuerza de nuestra llegada a dedo, gratis y en tiempo record, caímos en un hostel de
En la caja de un camión...
dos mangos y frente al mar. Golazo. Tenemos cocina y terraza con hamacas y palmeras. Y en una misión nocturna y en calzones, me apodero del ventilador del vecino. Nuestra vulgaridad es un lujo.

Barbi dice que hoy es lunes. Son las 10 de la mañana en la playa de Canoa, y pensamos en los mártires de las 12 del mediodía del lunes de Buenos Aires.

Nuestro plan es el siguiente:
- Vamos a comprar unos panes ricos y un jugo, y desayunamos en las hamacas de la playa.
- Yacer en la playa.
- Almorzar algún arroz con coas y mariscos en la playa. (el “arroz con camarones”, “choufan de camarones” y el “encocado de camarones” no se pueden creer. Creo que soy adicto a los camarones, como Buba)
- Caminata al mediodía a los acantilados del norte de la playa.
- Yacer en la playa.
- Chinchón en la playa.
- Inmersión en el mar.
- Yacer en la playa.
- Mate en la playa.
- Quizás dormir siesta. En la playa.
- Esperar, pacientes y ansiosos, el atardecer en la playa.
- Escribir en la playa.
- Probar los “bolones de queso” en la playa.
- Descansar de la playa un poco. Obviamente en la playa.
- Cenar sanguchitos en la playa.
- Tomar un helado en la playa.

Uy, perdón que interrumpa la lista de planes. Es que me entró un atardecer enorme en el ojo. Parecía que no salía hoy. Parecía que el gris pasaría directo al negro. Apenas un amarillento me hacía dudar. ¿Dónde estará el sol? ¿Habrá atardecido ya?

Estoy escribiendo en la orilla del mar plateado. Barbi lo mismo, pero más alejada.
Flaqui, mirá. Me dice exaltada mientras su cara se tiñe de naranjas. Los ojos le brillan. Es porque el sol brilla.
Escribe atardeceres.
Asoma más naranja que nunca. Y más raro que nunca. Atardece de arriba hacia abajo. No sé. Como si en el horizonte hubiese dos horizontes. Uno plateado de mar, otro plateado de cielo. Entre medio, lejana, una franja apenas amarillenta, media borroneada. Un as rojizo asoma desde el horizonte de nubes plateadas y esponjosas. Asoma desde arriba hacia abajo. Como si amaneciera en el mundo del revés. Como si el sol hubiese estado toda la tarde reposando sobre el colchón de nubes, apoyado sobre ellas. Y ahora, de tanto rodar, se cayó de ese borde recto de cielo. El sol se cayó del cielo al mar. De un horizonte al otro. Creo que por eso fue tan fugaz. Apenas unos instantes de desprevenido asombro. El sor rodó toda la tarde por sobre las nubes de Canoa, y allá en el horizonte del cielo, donde éste termina, el sol sólo cayó desde las nubes al mar.

Nuestro hostel/choza frente al mar se llama Atardecer. Estamos viviendo en Atardecer frente al mar, joya. Estamos viviendo en la playa. Hoy vivimos exactamente 10 horas ininterrumpidas en la playa. De entrecasa, como en el patio de casa.

Ayer al mediodía llegamos a Canoa y al toque corrimos los 16 pasos hasta la playa. Esos 16 pasos fueron
Fulbi.
diferentes a los 16 de hoy. Los de ayer fueron corriendo, desesperados, atolondrados. Y fueron 16 pasos esquivando autos, puesteros, gente, feria, y más gente. Mucha gente. Turistas, familias. Los pendejitos salían de la arena como los cangrejitos de sus pocitos de la orilla. Brotaban. Los 50 puestos de comida reventaban de “ceviches”. La hilera de carpas/toldos de colores se hacían infinitos hacia los lados. Gente hasta donde se ve. Muy Mar del Plata, muy La Bristol. Hasta las olas se le parecen. Hacía rato que no compartíamos playa con gente. Por lo menos puedo sacarme las ganas de patear una pelota en la orilla.

Civilización, muy Mar del Plata. Pensamos que acá tendremos la posibilidad de encontrar insumos básicos que nos escasean desde varias casas atrás.
El protector solar lo trajimos por la mitad. El jabón ya no existe. ¿Yerba? ¡¿Bombilla?! Y hasta quizás algún regalo para Buenos Aires. Pensábamos que la civilización, por lo menos, nos posibilitaría algo de eso.

Pero la gente se fue con el sol. Una ola, el viento o algo se llevó todo rastro de vida de esta ciudad, convirtiéndola
Bombilla casera McGyver.
en pueblo. Mar del Plata, con movimiento de Santa Teresita. Es domingo, me avisa Barbi.

Bueno, me olvido de la idea de conseguir una puta bombilla. A mi atareado día le sumo el plan de inventar y

construir una bombilla en una ciudad abandonada, en un pueblo donde no conocen el mate.
Opciones:
- Caño de cobre, del de atrás de las heladeras.
- Antena de televisión.
- Caña.
Tengo tres sorbetes, dos gomitas elásticas, un sacacorchos y un cuchillo. Y unas ganas de tomar mate tremendas: Mi bombilla casera es un éxito total y rotundo. Estoy tomando mate con una bombilla fabricada por mi, en el patio de mi playa.
...

"Mompiche pintada con mis lápices de colores"


Me acuesto. Cierro el mosquitero que cubre como velo la cama. Apoyo la cabeza en una almohada dura. Seguramente tengo algún bicho de algún color caminando por algún lugar lado de mi cuerpo, creo que ya me rendí.

Cierro los ojos, y escucho el mar. Abro los ojos, y se escucha el mar. El Océano Pacífico revienta y explota
Sobre el mar.
a unos 50 metros de nuestra choza en Mompiche. Abro los ojos, no es un sueño. Cierro los ojos, es un sueño. Mientras escribo esto, alguien me interrumpe con un bidón ofreciendo “encocado de conchimala”. Duro. El agua del interior del coco, con Ron. Muy duro.

Mientras como una pizza argentina en la calle, una negra de la amazonia brasilera me arregla las rastas. Todavía no logro descrifrar la onda de este pueblo. El ecuatoriano parece mezclarse con brasilero. El canto de la tonada hace que todo sea “chévere” y “relajao”.

Es sábado a la noche. Eso me dijeron, creo. Hace rato no llevo la cuenta de los días. En la misma calle unos negrito juegan descalzos a la pelota, un argentino prepara pizzas a la parrilla, una ecuatoriana hace “pinches de carnes”, un francés pasa con la tabla de surf en mano y un auto pone “música caribeña” a todo lo que da, frente al mar. Pero el mar suena aun más fuerte. Barbi escribe en una hamaca y va y viene al ritmo de las olas.

Cierro los ojos y veo los lugares que vi acá, pero con los ojos bien abiertos. Creo que está bien eso de
Mi isla.
soñar y algún día cumplir los sueños, pero aún mejor es cerrar los ojos y soñar con lo que hiciste hoy.

Creo que hoy estuve en el paraíso. Uno siempre busca su paraíso. Creo que esto fue lo más parecido a lo que seguramente alguna vez dibujé como “paraíso”. Ese dibujo seguro tenía tres palmeras sobre una fina y blanca arena en una isla. Una de ellas inclinada para dar sombra y otra con sus pies recostados sobre un mar manso y transparente. Tres palmeras, un sol, arena y mar. Y dos personas. Un chico con una “pipa de coco”, y una sirena morocha. Alguna vez lo dibujé, hoy lo viví, y esta noche lo soñaré.

La isla es de verdad, existe. Se llama Portete. Y se llega cruzando un brazo del mar en bote a remo, a través de los “manglares”, unos árboles que nacen del agua misma. Las palmeras son como las dibujadas de chiquito. Y caen coco, como en los dibujitos. Aprendí que los cocos que suenan son los que tienen su agua. Aprendí también a abrirlos a golpes contra una palmera. Su jugo es rico, fresco y dulce. Pero su parte “comestible” blanca no tiene gusto a nada. Y aprendí también que el coco no tiene gusto a helado de coco.

¿Cuántos lápices de colores debí haber necesitado para pintar este dibujo? ¿Con qué color pintar el agua transparente? De a ratos es celeste como el cielo, de a ratos es verde como la selva que nos rodea. Pero te ves los pies. Creo que nunc ame había visto los pies en un mar. Veo la arena, veo los renacuajitos que huyen en cardúmenes. Veo los caracoles que arrastran su caparazón. Veo cangrejos rojos. Uy, mis uñas están peor que nunca.

Me dan ganas de salir corriendo por el mar. Y en este dibujo puedo correr por arriba del mar. Porque yo lo dibujé. Y porque los bancos de arena hacen que se forme una isla sumergida en el medio de este mar. Si te animás a ir un poco más allá, nadar unos metros, de golpe, allá a unos 100 mts de mis palmeras, puedo caminar, correr, saltar y dar vueltas carnero sobre el mar. Corro sobre el mar, nado bajo el mar, y salgo en otra isla. No puedo parar de correr sobre el mar. Tengo el mar bajo mis pies, posta. Me dibujo una sonrisa de nene contento. Los lápices de colores ya no me alcanzan.

El atardecer los pinto con acuarelas.
Barbi no conoce los atardeceres en el Pacífico. Se los vengo contando y prometiendo desde Buenos Aires.
Acuarelas.

Cuatro y media de la tarde, el mar se cristaliza en plata. Plateado, brilla metálico.
“Hola atardecer, ¿cómo andás tanto tiempo? Te presento a Barbi, la chica que te mostré en foto el año pasado en el sur de Chile. Barbi, te presento al atardecer del que tanto te hablé.” Se miran, se conocen cara a cara. Brillan en colores.

¿Cómo va a ser?, me pregunta.

Se lo dibujo con mis manos en el cielo todavía azul Primero se va a poner todo amarillo. Luego, cuando está a esta altura, esas nubes de allá se empezarán a teñir de rosa y rojo. Después el sol se pondrá naranja y podrás verle sus bordes. Va a bajar a esta velocidad. Es el único momento en que mirando el sol fijamente notás que se mueve. Y cuando el naranja toque el espejo plateado, todo el cielo se teñirá de acuarela roja.

Por suerte no pegué un color. Porque por suerte todos los atardeceres son diferentes. Por suerte no fue como se lo dibujé a Barbi, porque por suerte no hay acuarelas para trazar esos colores.

Por suerte nada es “por suerte”.

Nos dibujamos entre las palmeras, la arena blanca, lo cosos y el mar transparente porque movimos el culo, le metimos huevo y caminamos una hora por la ruta haciendo dedo bajo el sol. Nos pintamos la cara de rojo atardecer porque caminamos también hacia donde queríamos pintar esos colores.

Creo que hubo un momento clave donde nos levantamos de la modorra playera y caminamos a dibujar nuestro paraíso. La llegada a Mompiche había sido dura. Nueve horas de bondi del demonio desde Quito hacia acá. Toda la noche y toda la mañana. Mompiche nos recibió con un calor pesado que nos clavó en la arena.

Me habían dicho que hacia la izquierda encontraba Playa Negra. Aca debajo de la arena hay manchas negras. Será esto, no sé.
No conformaba, claramente. “Hay que moverse”, coincidimos. Corrimos el solazo de arriba nuestro y
Me hice arena.
salimos a buscar nuestro dibujo. Averiguamos, caminamos y nos pintamos los pies con carbonilla negra. Caminando, dibujamos nuestro camino. En Playa Negra (claramente lo anterior NO era Playa Negra) nuestros pies se convierten en lápices negros. La arena es negra, en serio. Toda negra. Creo que es de piedra volcánica, no sé. Negra, finita, impalpable. La arena me tiñe de arena. Ahora es el lugar el que me pintó a mi. Me vuelvo arena, me vuelvo lugar, me vuelvo parte del dibujo. Playa Negra me pintó de negro, íntegro. Me recuesto en la arena y no me diferencio de ella. Soy arena, soy tierra, soy playa. Selva verde, arena negra y mar plateado. Yo negro, Barbi de colores. Pintados.

Esa arena siempre estuvo ahí, y el sol siempre se pone ahí. No es de suerte encontrarlo, sólo es de fuerza buscarlo.

Por suerte tampoco tuvimos “suerte” a la salida de Mompiche. Nos venían diciendo que había que “coger carro hasta la vía principal, de ahí esperar hasta Chamanga, de ahí otro a Pedernales, y recién ahí coger otro hasta Canoa. Quizás, con suerte tarden 3 horas, sino, como 7”, no decían. Tampoco nos conformaba. Mochilas al hombro, a dibujar el camino con los pies y a viajar con mi dedo.

A Barbi le aterraba un poco la idea. Yo confío siempre en mi dedo, no sé. Tiene fuerza, abre puertas
Eaa eaaa.
grandes. Caminamos hasta el puente. “Qué mal que hicimos en venir hasta acá”, me dice. Confiá en el dedo. Un camión nos levanta y nos lleva hasta la ruta principal. Era a 10km de Mompiche. Nuestra fuerza, esa que nos levantó en busca de nuestra Portete y nuestra Playa Negra, ahora es la que empuja este camión. Y nosotros en la caja de un camión. La arena negra te deja pegado en la piel pequeños brillos plateados. Los brazos me brillan con el sol. Son como estrellitas impregnadas en mi. En la caja de un camión, las estrellas ahí nomás…

Tampoco fue suerte que el primero que pasara por esa ruta sea una chata que fuera directo a Canoa. No fue suerte que nosotros hayamos madrugado, hayamos caminado mil, hayamos obviado sugerencias de otros, hayamos aguantado en la ruta y hayamos levantado el dedo. Las cosas se mueven con energía. Nosotros tenemos energía. Tenemos pies, dedo gordo, ojos, fuerza, energía, y muchos lápices de colores.

"Quito: Quito tiene."

Quito tiene un olorcito a comida…
Quito tiene 2.800 mts de altura y tiene barrios recostados sobre las montañas que lo rodean. Quito tiene color y
Casa de Gobierno, y su muralla de barrio.
calor. Quito tiene “buses”, “trole” y “Metrobús”. También tiene bicisendas y bicis gratis. Pero Quito no tiene a Macri. Quito tiene a “Casa Tía”. Pero Quito no tiene a De Narváez. 


Quito tiene dos hemisferios. Quito tiene “birra” y “manjar de leche” (casi dulce de leche). Pero Quito no tiene bombillas para el mate. Quito tiene una Casa de Gobierno humilde, y sin vallado. Quito tiene unos 30 manifestantes reclamando sus puestos de trabajo en contra de la tercerización de la empresa privada Megagraft.

Quito tiene shopping y Mc Donalds. Quito también tiene empanadas de queso y “guatitas”. Quito tiene “KFC”, “Texas Chicken” y la concha de su madre. Quito tiene ruido de ciudad. Quito tiene mucha ciudad.

Quito tiene a La Mitad del Mundo, pero Quito es pequeño. Quito tiene negros, cafés, y algunas morenazas
Mismos enemigos, hermanos.
bonitas. Quito tiene una forma de numerar las calles que todavía no entiendo. Quito tiene muchos vendedores ambulantes, y tiene muchos pies descalzos deambulantes. Por eso también Quito tiene a Techo. Quito tiene a La Mariscal. Quito tiene subidas, bajadas, curvas, y mas subidas. Quito tiene muchos karaokes, pero Quito no tiene supermercados chinos. Quito tiene un diario que dice lo mismo que Clarín, pero en Quito “ya tenemos un presidente, tenemos a Rafael”.

Quito tiene dos aeropuertos, hoy inauguró justo el segundo. Quito tiene los colores y las caras de Guayasamín. Quito tiene a un morocho que se me acerca y me ofrece “cocaine”. Quito tiene a La Liga, pero no tiene clásico. Quito tiene el honor de haber sido el único logar, hasta ahora, donde no nos llovió ni una gota en todo el día.
Quito tiene velocidad y vértigo. Quito tiene inseguridad y miedo. Quito te aplasta y te aploma.
Quito tiene todo y de todos. Quito tiene Buenos Aires, tiene Santiago y tiene La Paz. Quito también tiene Salta,
Norte y Sur bailan ahí.
tiene Valparaiso y tiene Potosí. Quito tiene un poquito de parecido con todo. Quito tiene todo para ser una gran ciudad. Quito tiene todo eso para que estés donde estés, en la gran ciudad que estés, estés parecido a tu casa. Y como en Quito me siento como en mi casa, me voy de Quito a la playa.

Misahualli: donde los animales son personas, y las personas animales.


Llegamos a Puerto Misahualli. Después de 5hs de adentrarnos en la selva hacia el oriente, La Amazonia, el bus nos deja en la placita de Puerto Misahualli. Nos recibe un mono. Bajamos del bus y lo primero que vemos es un monito gris que nos da la bienvenida. 

Me habían contado que Misahualli es sinónimo de monos. Andan sueltos (¿libres?) por toda la plaza, las calles, los techos vecinos. Deben ser como 20. Son grises ceniza, de como 50cm de alto. Y son divertidísimos los bichos estos. Ágiles, inquietos. No te descuides porque te chorean todo, eso sí. Uno va corriendo por la calle y por la espalda le roba un paquete de papas fritas a una nenita. Otro acepta amistosamente unas galletitas de una vieja. Uno se cuelga de la cámara de fotos de un pibe, y otro le roba el sombrero a un viejito y se da a la fuga.

Creo que son pillos. Da la impresión de que hacen su show para ganarse la comida de los turistas. Hacen sus
¿Tenés un cigarro, amigo?
“monerías” a cambio de unas galletitas. Pero es raro, es al revés. Su atractivo reside en que hacen cosas de humanos. A la gente le gustan estos monos porque “parecen inteligentes”, Tienen gestos y movimientos de personas. Ese come como una persona. Ese agarra un encendedor como una persona. Ese agarra una piedra como una persona. Ese roba como una persona. Y las personas quieren ver animales que se parezcan a las personas. Y pagarles con comida basura. Como si los monos quisieran bailar por papas fritas. Como si los monos fuesen libres. Dejarlos sueltos en una plaza para que tengan que mendigar y bailar por unas migajas de pan… Bueno, ahí sí se parecen a las personas.

Llegamos a “La Comunidad no-me-acuerdo-el-nombre”. Después de 20 minutos de adentrarnos en la selva bajando el Rio Napo, el botecito a motor nos deja en un pequeño muelle de madera entre los árboles. Nos recibe un tipo. Bajamos del bote y nuestra “capitana” (de ahora en más, “La gorda contrapeso”) nos guía y nos ubica directo en una especie de grada rectangular de madera. Es como una Recepción, digamos. Nos presenta a un tipo que nos va a contar de su “comunidad”. Este tipo tiene un collar de dientes, pinches y piedras… apoyado por sobre su remera “made in USA”.

“Hola, buen día. Les cuento, somos una comunidad que se dedica a la agricultura, a la medicina natural, a la pesca… y al turismo. Así que les voy a ofrecer una demostración de nuestras danzas típicas, ustedes van a poder bailar, también una demostración de una limpieza del Shamán, y una foto con una boa… por 10 dólares. Ah, y también pueden pasar a comprar por nuestro puesto de artesanías”.
¡¿Qué onda?!
A lo que la Gorda Contrapeso, que nos había traído a “visitar” a una “Comunidad”, agrega: “Bueno, chicos, les
Allá.
traduzco. Dice que pueden ver la danza, sacarse fotos con la boa, todo por 10 dólares”.
Si, Gorda, ya entendimos, si el tipo hala español mejor que vos.
Raro, todo medio raro.
Esa recepción era un espacio construido sólo para sentar turistas y venderles el “Combo Comunidad”.
Pienso, ¿habremos sido tan afortunados que llegamos justo en el horario de algún ritual danzado, o también unas pibitas disfrazadas siempre listas para bailar para los contingentes de turistas?
Algo así como los monos de la plaza, ¿no?

Los monos se ganan el pan haciendo de personas, y las personas se ganan el dólar haciendo de monos. Todos hacen lo que no son. El atractivo de cartelera era la personalidad de los animales y la animalidad de las personas.
Los monos pueden robar y están amparados en que son monitos.
Las personas pueden revender pseudo artesanías y estar amparados en que son “Comunidad”, en que se hacen llamar Comunidad. Palabra inmaculada.
No entiende en qué tipo de comunidad pueden venir dos nenitos con boas en mano ofreciendo sacarnos fotos con el bicho por 1 dólar. Zoológico de animales, zoológico de personas.

Con Barbi ni nos miramos, ni nos hablamos. No hace falta. El aire entre nosotros, y la Gorda y el vendedor
Río Napo, sale con fritas.
comunitario está tenso, está roto. Ambos sabemos que no vamos a poner un mango en este circo. Barbi quiere irse al carajo. Yo quiero perderme, pero haciendo la nuestra. Esto es todo muy raro. Quiero observar. Caminar y observar. Veo chozas de paja. Veo una canchita de fútbol y una de vóley. Hay pibes jugando descalzos. Qué ganas de jugar, la puta madre. No pasamos desapercibidos, obviamente. Barbi, incómoda. Yo, observo.

Un pibe nos sigue de cerca. Siento como si estuviese al acecho para venderme o cobrarme algo. La Gorda insiste con la puta foto con la boa. Pero sin comida, los monos de la plaza de Misahualli tampoco bailan.

Una a favor de esta gente: les guardo un mínimo de mi prudente respeto en el hecho de que, creo yo, nosotros los invadimos a ellos con todo lo nuestro. Quiero decir: Un día vino el hombre, con sus jaulas, sus papas fritas, sus dólares y sus cámaras de fotos. Un día se volvió moda “La comunidad”. Me pregunto ¿cómo reaccionaríamos nosotros si un día se vuelve moda mi familia y tengo turistas sacándome fotos por la ventana, en el baño, o haciendo tours por mi living, y vecinos lucrando alquilando balcones para mostrarme? ¿No tengo, acaso, cierto derecho de obtener yo también algún beneficio? ¿A qué precio? ¿Me pongo una careta de mí mismo y actúo de “Facu” para los flashes? ¿O me tiro a mirar tele en calzones en el sillón como cualquier día, sin careta, pero con dignidad, y que la chupen?

Estos tipos te venden tours, te venden pseudo artesanías, construyen habitaciones para alquilar, venden fotos con animales, venden su danza y su ritual, le ponen cartel de “Shamán” para la foto a una chozita. Se venden ellos, como lo que no son, como cosas. No bailan alrededor de una fogata, bailan alrededor de la guita.

Pero volvamos a Misahualli. Porque no sólo tuvimos que enfrentarnos a “La Comunidad”, sino que también tuve que batallar contra una araña enorme y asesina, una avispa enorme y asesina, y un puto mono ladrón de mates hijo de puta.
Me habían alertado de que Misahualli era sinónimo de bichos, pero estos ya no cuentan como “bichos”, la reconcha de sus madres.

“La batalla de la araña” se dio lugar en la cocina del Hostel Sacha, la cocina donde los monstruos cocinan chicos y
Arañita.
eso. Tenebroso.
Estamos muy felizmente escribiendo en la glorieta de nuestra casita del bosque una mañana, mientras llovía, en nuestras hamacas. La choza estaba en el bosque, sobre la playa, a orillas del Río Misahualli, esquina Río Napo. Los turistas que paseaban por la playa envidiaban a estos dos pibes que vivían ahí, claramente.
No sé por qué puta se nos ocurre cocinar. ¡Para qué! Mala decisión. La cocina del terror. Y los fideos baratos con salsa y salchicha, también de terror. Sobre todo si te confundís la “salsa de tomate” con “kétchup”. Fuertecitos los fideítos, fuertecitos.

Ollas de calabozo. Están debajo de la mesada. Fija que atrás aparece el cuco. Muerto, obvio. Miedo. Agarro las cacerolas… “ay, la puta”. Cacerolas al suelo. Miedo paralizante, enmudecedor. La olla esa era de la señora araña, la tenía agarrada ella. Supongo que nos pensaba cocinar a nosotros. La araña más grande que vi en mi vida. Tremenda. Quince centímetros de puro y puto bicho. Feísima la hija de puta. No me quiero acercar, quiero salir corriendo por la ruta.
La dejamos a ella con su olla ahí y pudimos cocinar en otra, unos fideítos en un agua marrón, como si tuviese caldito Knorr. La dejamos ahí, y al rato… ¡la puta!, no está, la araña no está en la olla, se movió, se fue. Me quiero ir, por favor.

“La Batalla de la Avispa” fue épica. Era una noche húmeda, lluviosa en medio de la selva. Apenas unas paredes de tablitas de madera nos separan del afuera, donde variedades de bichos ansían devorarnos mientras dormimos. En el baño hay una ventanita, y su puerta es un mantel.
Un zumbido corta el aire. Debe ser otra polilla, ya casi no me molestan. “No boludo, es una avispa”, grita Barbi, mientras se esconde en el baño. Es una avispa, negra enorme. Tiene el culo más grande que cualquier ecuatoriana. Barbi apenas asoma la cabeza desde el baño. Yo estoy parado arriba de la cama. En guardia. Paralizado.
Quedate acá, no te vayas, le digo mientras planeo una estrategia. Yo parado en calzones sobre la cama. Ella en el techo, al lado de la lamparita. La miro. Creo que me mira. Miro el terreno. No hay escapatoria. Es ella o yo, a muerte. Mano a mano. Barbi en pánico. Yo, sigiloso, busco armas con la mirada. En la cama cucheta dejé tirado mi pulóver marrón, ahí cerca está mi pólar con capucha, y en el piso, ya bastante más cerca de la zona del bicho, mi jean negro y mis zapatillas de treking.
Ágil como el viento, me deslizo en el capo de batalla dando un ruedo, una vuelta carnero sobre la cama, para en un solo movimiento hacerme de mis armas. Me moví primero que mi enemigo. Tengo las de ganar. Debe estar asustada, quizás me tema. El pólar es mi armadura. La capucha protege mi cabeza y el resto cuelga como capa. En mi mano izquierda agito en círculos el pulóver marrón a modo de escudo. Y en mi mano derecha hago un bollo firme con el jean. Me muevo en la cama y preparo mi puño certero como si fuese Nicolino Locche. Pero me siento un caballero medieval luchando contra una avispa en medio de la noche selvática de Misahualli.

Barbi está tan cagada como yo, y quizás no logre ver con claridad la secuencia. Pero la avispa se debe estar cagando de risa. Imagen bizarra, que roza lo patético. Pero yo no me rio. Es serio. Es mi cama, mi casa, mi novia (?). Mo honor, mi orgullo, mi hombría.
Ataco primero, sólo por miedo, claramente. Escudándome detrás de mi pulóver, lanzo un pantalonazo al techo. Es un tiro incómodo, de abajo hacia arriba, pero tiene que ser fuerte y certero. No creo que haya una segunda oportunidad.
Tensión. ¿Dónde está?, ¿La ves? Se debe haber enojado ahora. Temo que el mito de cuando era chiquito, de que si molestabas a una abeja, venían sus amigas a ayudarla y vengarla. Espero haberle dado.
Sigue viva, la puta madre. Le revoleé un jean con todo y sobrevivió. Esto viene serio, se pone jodido. Tranquilos, me rearmo rápidamente. Ahora la tengo más a tiro. La tengo ahí, la reviento. El jean va con cinturón y todo. Tiro nuevamente, y me echo cuerpo a tierra. Fallo nuevamente. Preocupante. ¿De qué mierda es esta hija de puta?
Ahora se refugia en un rincón de la habitación. Arriba, pero cerca de la cama. Y de mi lado. Está arrinconada,
Avispita.
contra las cuerdas. La mato. Con todo. Tomá jeanazo volador, directo al objetivo. No la veo en el techo, no la veo en el piso. ¡Quedó atrapada en una telaraña! ¡Se sigue moviendo! Pasame la zapatilla, antes que se safe.
Crack. Se escucha un reventar crujiente y líquido. La sentí en mi mano, a través de la zapatillota. Explotó. Dejó una aureola de líquido en la suela. Y sigue chorreando. Estaba relleno de veneno asesino la hija de puta.
Tomá. Soy un héroe.

"Baños: un pueblo de raros baños. Y bicicletas y cascadas raras."

Baño público/privado.
Son raros los baños de Baños. El primero, el del hostel “La siesta”, pintaba fachero, hasta tenía bañadera. Pero tenía un pequeño detalle en contra: una de las paredes laterales, la más grande, no era una pared, sino que era un gran ventanal. De punta a punta. Una gran vidriera donde cualquiera que pase por el pasillo te ve bañándote, o también hasta se podía atender la recepción sentado en nuestro inodoro casi. Igual, por lo menos, la cortina de esa ventana era mucho mejor que la cortina de la habitación. Abro la cortina blanca de la piecita, con intención de contemplar desde la cama las enormes montañas verdes que rodean la ciudad… pero me choqué contra una pared celeste pálido. Atrás de la cortina no había ventana, sólo pared. Quizás me vaya a dormir a la ducha, que por lo menos tengo una gran vista al… pasillo.

Nos mudamos, en busca de una preciada pared en un baño y una ventana en la pieza.

El baño de lo de “Olguita” sí que es íntimo. Tan íntimo que casi ni nosotros entramos. Es una cajita hermética
Vista panorámica.
que, en un mismo movimiento, puedo ducharme, lavarme los dientes y cagar. Eso si, ojo al salir, que la puerta fue calculada para gnomos. Y ojo al salir, que acá sí tenemos un gran ventanal que da a la placita del reloj de Baños. Barbi salió de ducharse y se paseó en pelotas porque le dije que se quedara tranquila, que los vidrios eran espejados. Recién al otro día, sentados en el puentecito de la plaza, nos damos cuenta de que claramente no eran espejados y que se veía todo. Ah, si alguien alguna vez va a la habitación número 105 del hostel La Siesta, en Baños, por favor nunca abran el cajón de la mesita de luz del lado izquierdo. Barbi vio meterse allí a un bicho que, según describe, era enorme y asesino. Mi plan A es salir corriendo por el pasillo que da a mi baño, por la calle, y agarrar la ruta, de una. Gritando. Mi plan B es revolear la mesita de luz al pasillo y prenderla fuego. Gritando. Pero sólo atiné al plan C. Cerrar el cajón de una patada, y con otra patada correr la mesita lejos de la cama. También gritando.

Me habían contado que Baños era selva, que había muchas actividades y aventuras extremas para hacer, y que había bichos. La “exploración de baños de Baños” pinta divertida. Sobre todo porque pareciera ser la ciudad con mayor cantidad de hostel por habitante del mundo. Según mis cálculos, habría un promedio de 5,37 hostel por cada turista.

Las 25 manzanas del pueblo/ciudad Baños son una manchita gris en la piel verde de la tierra. Puros hostels y
Bicicleteada por ahí.
puestos de artesanías no artesanales. Me dan ganas de caminarla, de explorarla, pero hacia afuera, hacia el verde. Es muy tentador ese verde. La llovizna constante lo hace brillar, se huele.

Mejor que caminarla, es bicicletearla. “La ruta de las cascadas” va siguiendo río abajo al Postazas, esquivando montañas. Subiendo, bajando y hasta atravesándolas entre sus túneles. 20km de montaña a la izquierda, río allá abajo a la derecha, y la línea pintada amarilla adelante. 20km en los que los pies se transforman en nubes con cada subida, y las ruedas en alas en cada bajada.

Un auto pasa y me toca bocina. Yo saludo contento desde la bici. Cuando me pasa por al lado, uno se asoma por la ventanilla y me grita “¡tu amiga se cayó de la bici!”. ¡Uh! Miro para atrás. Barbi parada a un costado de la ruta y su bici dada vuelta por ahí. No sabe explicarme qué carajo le pasó. Dice que iba a andando feliz, y de golpe “Plaf!”, voló, rodó. La bici dio un par de vueltas en el aire. Ella seguramente también. Tiembla. No la vi, pero me hubiese encantado. Debe haber sido una secuencia increíble de ver. Se trabó y se cayó sola, mal. Supongo, no sé, ni ella sabe. Dice que sintió rebotar el casco contra el asfalto. Apenas se llevó 47 moretones en las piernas, pantalón agujereado, raspones en codos y rodillas, y un corte más feo en su mano izquierda. Y una sonrisa que delata un susto de aquellos. Alto palo debe haberse dado. ¡Qué lástima que no lo vi! Igual, creo que la sacó demasiado barata. Y debo admitir que se la bancó demasiado bien también. Un par de curitas y un cacho de cinta y los bicivoladores vuelven a la ruta.

Cada pedaleada, una foto. Algunas con la cámara, otras con los ojos. Estamos adentro del paisaje. Estamos
Baños de las montañas.
adentro de una foto de 20km de largo. Las cascadas aparecen a la vuelta de cada montaña, como antes los hostels a la vuelta de cada esquina. Cada pedaleo se va poniendo mejor la cosa. Es tremendo, posta. Difícil mantener los ojos en el camino. No se puede creer estar andando en bico por este lugar. Qué triste va a ser andar en bici por Palermo o la Costanera. Tan lindo que la pasaba. Macri la concha de tu hermana.

20km parecían una banda, pero sin darnos cuenta, los hicimos de toque. Llegamos al Río Verde y nos metemos por un pueblito hacia abajo, hacia “El Pailón del Diablo”. No sabemos lo que es, no sabemos qué es un “pailón”, pero suena fuerte, no sé. Y a medida que uno va adentrándose en la selva por este sendero al margen del río, lo que empieza a sonar cada vez más fuerte es un bullicio revuelto, fresco, pesado. Los árboles son cada vez más altos, las hojas de las plantas más grandes, los caminos más empinados y la llovizna más verde. Cada llovizna es como una nevadade copos de aerosol verde flúo que tiñe y hace brillar todo lo que toca. Hasta el Río Verde se ve verdaderamente verde. Ah, lo único no verde es la maldita víbora que se nos cruza en el camino. Dos metros de cosa negra devorando y deglutiendo muy lentamente, desesperantemente lentamente, a un metro de cosa blanca. No sabía que las víboras se comían entre sí. El último tramo de la pobre blanquita asoma por la boca de la otra. Paralizados, no queremos ser sus próximas víctimas. La tenemos a un metro. Es grande, de verdad, y se está comiendo viva y entera a otra víbora. Juntamos valor y esperamos a que terminara y esté haciendo la digestión para pasar corriendo. Casi tanto miedo como con el bicho del cajón. Casi.

Ahora si, esto es selva. Con todas las letras. Con todos los colores, con todos los olores, con un maldito bicho
Ruuum.
muy de selva. Selva cerrada, tupida, pesada. . No se ve el cielo. Sólo selva. De golpe, un puente colgante, de madera y soga. Muy alto, la puta madre. Qué cagaso. Lo cruzo y me siento Indiana Jones, pero en la isla de Jurasick Park. Lo que se ve desde este puente me es tan impresionante que hasta me quedo en medio del puente tratando de entender este lugar. Y no puedo. No se puede creer, no se puede entender. Estoy colgado entre infinitas putas montañas verdes y allá abajo, como a 100mts mas abajo, una luz de agua blanca asoma gritando desde una grieta y explota 50mts más abajo en un piletón de rocas. Explota. Trueno infinito, estruendo inmortal.

A sus lados, el hombre construyó unos caminos, escaleras y balcones de roca para contemplar la construcción de la naturaleza. Son una serie de balcones colgantes en la pared de las montañas, unas construcciones raras. Parecen de la Muralla China. Nada que ver. Pienso, ¿quién fue el primer enfermo que vino acá, cómo llegó, cómo puso la primera piedra para construir este balcón?

Desde el último de éstos, a apenas un par de metros del epicentro donde explota constantemente esta luz blanca, se puede sentir el viento que genera esa fuerza. Siento la fuerza. Siento el agua que explota en el agua y llega a mi cara, siento el viento del agua que explota contra más agua, mueve mi pelo y sigue viaje hacia arriba, revolviendo el agua del aire. La lluvia viene de ahí abajo ahora.
Siento el ruido del agua explotar. Suena a trueno. Yo sabía que de pibito tenía razón. Siempre creí que los truenos eran porque dos nubes llenas de agua chocaban en el cielo y explotaban. Ahora las aguas chocan y explotan bajo mis pies. O estoy en el cielo. Puede ser. Porque mis pies también lo sienten. Bajo mis pies se siente. Todo esto tiembla. Se mueve el piso, la puta madre. El agua sacude la montaña. Bah, o será que un poquito estaré yo temblando del cagaso. Puede ser.

Pero lo que no puede ser es este lugar. En serio, no puede ser. Matemáticamente es imposible. Ahora una grieta
Pailón.
de un metro de alto te lleva detrás de esa cortina blanca. “Grieta al cielo” se llama. Voy gateando 20mts por un tajo de la montaña, al borde del abismo, y debajo de la montaña misma. Desde tan cerca el agua no se ve. Deja de ser agua cayendo y se transforma en luz sorda. Llego a la luz. Se puede tocar la luz. Es una luz que moja, que empapa. Una luz que también grita desaforadamente. Grita porque cae, grita porque explota.

Y yo grito. “¡No se puede creer!”. Mojado, empapado, enceguecido, encandilado, sordo, explotado, lleno, ya me puedo ir. Lleno y lleno de agua, hecho cascada, ya me puedo ir de la Ruta de las Cascadas.

Vuelvo a Baños. Vuelvo al baño del hostel de Olguita. Al raro baño, a la aventura de bañarse en una puta ducha que sólo escupe algo de agua tibia cuando el caño chilla como pava. Con una mano me enjabono, con la otra voy calibrando con la precisión de girar la canilla (¡que encima patea corriente!) como si fuese la perilla de una caja fuerte, esperando que chille y tire el tesoro del agua tibia, y poder pegarme un puto baño en Baños.

"Quillotoa: una laguna adentro de un Volcán."


Dia 5. Nos está costando conseguir agua. Es raro que en un lugar tan húmedo, con tantos ríos y océano, donde absolutamente todos los días llueve, no podamos tomar agua durante días.

El agua de la canilla no es potable, ni para nosotros, ni para los mismos ecuatorianos. Hay que hervirla, siempre.
Balcón al Volcán.
Para tomar un puto trago de agua fresca, hay que hervirla. Me alertaron no tomarla. Yo la tomaría igual, no sé, pero ni los mismos ecua
torianos la toman así como viene…Hace ya como dos días, creo, que venimos fraccionando sorbos de una botella regalada en un bus.

También nos está costando conseguir aire. Cuesta respirar. Los pulmones lo sienten, pero la cabeza explota. Bajamos de los tremendos 5.000mts del Volcán Chimborazo… a los 3.900mts del Volcán Quillotoa.

A la noche nos está costando conseguir calor. La salamandra que está en los pies de una de las dos matrimoniales de nuestra “cabaña”, no se alimenta sola. Colgué en echarle más leña y se apagó más rápido que el día.

A Barbi le está costando conseguir señal de teléfono para comunicarse con su familia. No hay teléfono ni señal en todo el pueblo, ya buscamos puerta a puerta. Está preocupada.

A mi me está costando conseguir una tele para ver a Boca, o algo para saber cómo va. Hoy juega por la Copa contra el Toluca. Acá hay una tele grande para todo el hostel, pero tiene sólo UN canal y nada que ver. También estoy preocupado.

Es chocante darse cuenta del valor de esas cosas tan cotidianas de nuestra vida diaria fácil. Cómo cuesta conseguir cosas tan indispensables y a la vez ínfimas. Pero también choca darse cuenta con cuántas cosas menos podríamos, no sólo sobrevivir, sino también vivir. También es chocante darse cuenta cuan irracional es nuestra razón, y cuan sabia es la Naturaleza.

El Volcán Quillotoa alguna vez también tuvo sed y habrá escupido fuego y todo eso, pero la naturaleza le llenó su garganta con aguas verdes. Ahora es una laguna dentro del cráter ed un volcán, perfectamente redonda, a 4.000mts sobre el nivel del mar. Y por las dudas, todos los días sus nubes la riegan con verdes que tiñen sus paredes escarpadas.

Dentro de las murallas de este enorme estadio de la naturaleza, no hay aire. Es una burbuja. No hay aire. Por
Lee Quilotoa.
ende, tampoco hay sonidos. Sólo se respira silencio. De la cama al agua, 30 minutos. Del agua a la cama, 3 horas. Buscamos aire en cada curva, en cada paso. Pero el aire está sólo allá arriba.

Se puede ver el aire, cómo mueve el cielo, cómo pinta de grises el techo de este Coliseo natural. Porque las nubes descansan y se apoyan sobre las paredes del Volcán, y lo techan por completo. Si te parás sobre sus medianeras, las nubes se deslizan por sus filos hacia arriba y vuelven a su cielo.

De noche, los grados bajan tanto como los metros han subido. Se muere rápido el día. A las 6 de la tarde son las 6 de la noche. Al rato, después de la sopa de Petrona, la cholita dueña del hostel (¡la cena es a las 19hs!), los leños van muriendo en cenizas. Y nosotros vamos muriendo en frío. ¡Son las 20:15 y ya se murió el día! Cenamos mil, charlo en “inglés de mierda” con cinco gringos mientras les convido mate, y ya está, no sabemos qué más hacer acá. Yo escribo, Barbi me lee. Yo tiro más leños al fuego.

Apenas a la mañana siguiente las nubes nos prestan un ratito de sol para calentar el agua de esta olla de 2km de diámetro. Es el único rayito de sol diario.

Es también, durante ese rayito de sol que, en la orilla de la laguna aparecerá un grupo de pibes argentinos. Mi camiseta de Román me delata. “Perdió Boca ayer, eh”, me dicen. Ahí donde no había tele, donde no había aire, la noticia igual vuela. Me quiero matar. Perdió Boca por la Copa, y en la Bombonera. 
Perdió Boca...


Los pibes esos desaparecieron, se esfumaron en el aire. Y del aire aparece un perro. Dorado. Lo bautizamos “Quilo”. Nos lleva, nos guía como a sus ovejas. Nos lleva a merendar a un banquito en el filo del volcán. Nos lleva a algún lugar. Lo seguimos. A la izquierda, precipicio hacia el interior del cráter del volcán. A la derecha, precipicio hacia afuera del volcán, hacia las paredes sembradas de colores por comunidades de viejitas en ranchos de paja y polleras de colores. “Quilo” va rodeando el filo del volcán. Somos arriados hasta una pampita allá arriba de todo. “Fijate si tenés señal acá… me muero, es imposible, probá…”. Red enganchada. Barbi logra hablar con el padre desde la punta más alta del Volcán Quillotoa, ahí, perdidos en el medio de la nada, del todo. Donde nosotros no tenemos agua, aire, fuego, Boca y señal, la naturaleza nos consigue y nos convida un poco de su agua, aire, fuego, Boca y señal.
Volcán de agua.