Magia blanca

Otra vez en la ruta. Acá, solo, parado a un costado de la ruta 68, en las afueras de Salta Capital. Yo y mi mochila. Diego y Mati siguieron para arriba, rumbo a Jujuy. A mi hay algo que me está atrayendo como un imán. Hacia allá voy, hacia allá me lleva.

                Hace ya varias horas que estoy acá esperando bajo el sol y no me levanta nadie, ni paran. Complicado. Pasa un canillita vendiendo diarios en bici y frena. “¿Tiene lugar maestro, me lleva para Cachi? Jaja”. Se rie y nos quedamos charlando. El viejito repartía ahí de toda la vida. “Este es mi puesto, cuando necesites algo podés pasarte una vuelta, vivo a unas cuadras, podés venir y quedarte si querés…” y me anotó su número en un Clarín. “Pájaro Torres” se llama. “Tomá, te lo regalo, para que leas en el viaje”, y se va en su bici de mil años. Algún día lo voy a llamar para saludarlo.  “Murió María Elena Walsh”, dice en la tapa. Uh, la puta madre. Justamente ayer estuvimos cantando sus canciones con Mati, sin saberlo. Mirá vos, un garrón.

                Allá viene el último bondi del día que va a Cachi. Ya fue, no hay chances de que me levanten a dedo, me sumo a éste. El “Marcos Rueda” no se puede creer. Un colectivito del 40, todo destartalado. Voy sentado delante de todo. Tiene una radio de esas antiguas para comunicarse con el afuera. Y hay un espejo con una etiqueta. “Cachi te quiero”, dice.

El Bondi de las Nubes
                Agarramos la ruta 33 y las ventanas se convierten en pantallas gigantes. El paisaje entra por ellas. Y el agua entra por todos lados también, porque se inundó todo el bondi. Pero no llueve. El agua no cae, sino que nosotros subimos. Gris para un lado, gris para el otro. Para arriba, para adelante… ¡y para abajo!. Cuando me doy cuenta, entre el gris asoma allá a lo lejos un verde intenso. Para allá abajo. De la cornisa del costado del camino, entre las nubes asoman ríos y verdes. Estoy en un bondi chatarra… y estoy arriba de las nubes. Y no, no es una metáfora (aunque bien podría serlo). O sea, en vez de mirar hacia arriba y ver entre las nubes el cielo o el sol, miro hacia abajo buscando destellos de verde entre grises.

                Cómo se la banca este bondi, no se puede creer. Le cuesta subir, se siente la fuerza que hace para sobrevivir. Y claro que cuesta, porque estamos subiendo la famosa “Cuesta del Obispo”. Un terrible camino de ripio, sinuoso y resbaladizo a 3.500 metros de altura. Se ve poco desde acá adentro de la nube. Apenas unos metros de camino para adelante. Alrededor, gris. Pero debe estar increíble el lugar, no sé, deja mucho a mi imaginación, asi que debe estar bueno…

                Pero de golpe… un par de curvas, esquiva las últimas montañas, y ¡zas! Faaaa… waaaw. Se abre el cielo, se abre el camino, se me abren los ojos, se me abre la boca, se me frunce el…

Pintado
No sé qué pasó, pero de golpe estoy en otro lado. Azul, fuerte, entra por todos lados. Ya estoy sentado al lado del chofer. “Es la recta de Tin Tin, la más larga del mundo”, me cuenta. Sólo inmensidad. Adelante, sólo infinito. Y es recta y larga de verdad, eh. 26km que se pierden allá en el horizonte, entre las montañas, en la nada. El sol pintó el gris de colores. Todo, todos. Brillan las gotitas que resistieron en el vidrio. No sé si es el sol o mi emoción, pero hasta el desierto que nos rodea me impacta. Miro para todos lados como nenito. Tierra y yuyos para todos lados. Totalmente plano. Y cáctus. Muchos. Miles y miles. “Estamos en medio del Parque Nacional Los Cardones”, me dice. Uno al lado del otro, pegados. Miles. Perfectos, dibujados. Surrealista. Con acuarelas.

                No, mirá eso, no te puedo creer… rojo, naranja, amarillo, verde, celeste. Y acá al toque. Al lado de la ruta, ahicito nomás. Y bajito. Como si nos siguiera especialmente a nosotros. Es nuestro, este arcoíris es nuestro. Me desespero. Quiero bajarme y correr por ahí, y tocarlo. Está ahí, ¡la puta madre, está acá!

                Y seguimos. Un par de curvas mas, otra vez inmersos en plena montaña, y se empieza a ver un verde oasis. Unas lomitas te terminan de agitar, y caemos en un puentecito. Así entrás a Cachi. Ya tengo lágrimas que me hacen cosquillas en la panza. Llego parado, pegado al parabrisas. “Esto no se puede creer”, y bajo.

                Los pocos viajeros que venían, agarraron las mochilas y rajaron apurados a buscar alojamientos. Yo acá estoy, solo. En un pueblito en medio de la ruta 40, a 157km de Salta, solo. Me calzo la mochi y quedo ahí tildado. No puedo arrancar. Me rio. Lloro. No sé si será el lugar, o el viaje, o yo, o estar acá solo. O todo eso junto. Pero quedé acá en medio de una callecita de piedras, solo. Y me quiebro. Lágrimas. Llegué. Piel de pollo. Mirá hasta dónde llegué, dónde estoy…  Sms: “Ma, prometeme que algún día en tu vida vas a conocer Cachi. Por favor te lo pido”. Todavía no vi nada, pero ya sentí todo. Este lugar tiene algo, la mina de Salta tenía razón, acá hay energías raras. Hay magia.

Dibujada. La puertita de allá a la izquierda es la de Los Robles.
                Calle de piedra. Veredas altas. Casitas de adobe, blancas, algunas amarillentas, todas iguales. Puertas y ventanas verdes, todas verdes (por ley sólo permiten puertas verdes). Todo colonial. Y faroles. Doblando en la esquina de la plaza, una casona de esas antiguas tiene las puertas abiertas de par en par. Hacia adentro se ve un gran patio central, con árboles, plantas y habitaciones alrededor. Le voy a sacar una foto, mi vieja, que es arquitecta, se muere. Hago click, y justo se cruza una señora desde adentro. Y me saluda. Tiene toda la pinta de ser un hostel o algo así. Voy a preguntar, este tiene que ser mi lugar. “Hola, permiso, buen día, estoy buscando hospedaje, ¿hay habitaciones?...”

                Y no sé cómo, pero en serio, no sé cómo, pero antes de que la señora responda, yo ya estaba sentado en la mesa del patio tomando mates con torta frita. Nunca me contestaron lo del hospedaje creo, no sé qué pasó. Pero resultó que nunca fue un hospedaje ese lugar. Es una casa de familia, nada que ver. Me metí y me senté en su mesa, con su familia, a tomar mates con ellos. Lita, su marido, su amiga y sus hijos, unos mellis de 15 años que eran demasiado iguales. Todos de ahí, de toda la vida en Cachi. Terrible casona. En el fondo, me muestran, tienen una plantación de vid. También tienen una habitación-altar, con todas cosas religiosas, no sé, como una iglesia propia. Viven ahí adentro, como si no hubiese un mundo afuera. Y no lo hay. Viven en otro tiempo, mejor. Me muestra un cuadro, arriba de la puerta, en blanco y negro. El patriarca. Él fue de los fundadores del pueblo, que tenía banda de viñedos, que toda esa manzana era su finca. Apellido Robles.

                Cuando me doy cuenta, se pasó la tarde, anocheció entre mate y mate. Me invitan a quedarme a comer, todos. Y dale. Así que voy con los mellis a hacer los mandados y a que me lleven a conocer el pueblo. No son más de 10 manzanas en total. La Plaza, la Iglesia de todas las fotos, las columnas del museo al lado. Y muchas piedras y adobe. Demasiado lindo todo. Pero ahí encuentro la única pared no blanca. Un grafiti: “Robles ladrón. Las Pailas”. A la mierda, estoy parando en la casa del enemigo del pueblo. ¿Qué onda?. “Mellis, ¿quiénes son sus viejos?”. Por las dudas, mejor callo. Los mellis ya son mis amigos. Son gallinas. Les cuento lo que fue el último Boca-River en la Bombonera y sus caras no lo pueden creer. No conocen Buenos Aires. No conocen el mar tampoco. “Agarren la mochila y se vienen para allá conmigo”. Me comprometo a llevarlos a la cancha. Es de noche, los faroles pintan de amarillas las blancas paredes, volvamos. En el camino, me encuentro, obviamente, a… “los tres pibes de Tafí”. No pueden creer que me encuentra acá también. “¿Dónde estás parando?”, preguntan. “Emm, no sé, en ningún lado. Llegué hoy, me metí en una casa a merendar y ahora vamos a cenar en familia (?)”. Ahora que lo escribo, suena increíble. Ellos están en el camping, dicen que si no me quedo a dormir en esa casa, que vaya, que ellos tienen lugar en la carpa. Después veo, ni idea. Estoy en bolas, no sé qué haré, dónde dormiré, pero me importa poco.

                Lita preparó unas pizzas caseras de puta madre. Y en la sobremesa me recomiendan lugares donde no puedo no ir. Las Pailas, donde dicen que hay un arroyo con cascadas y eso. Y un pueblo mas lejos, La Poma. “Si vas ahí, asegurate que el colectivo vuelva el mismo día, en serio. Allá no hay nada de nada, asegurate antes de ir cómo volver, ojo”. Dicen que es muy tranquilo, allá a 57km por la ruta 40. Dicen que antes de llegar hay unos volcanes y unas cavernas subterráneas. Me intriga demasiado. Listo, mañana voy a La Poma.

                Uy, se hicieron las 2 de la matina, y yo sigo deambulando sin cama. Es hora de poner cara de bueno, porque estoy al horno. Junto la mesa y hasta lavo platos. Los mellis le dicen a Lita que me quede a dormir. Ella dice que si, gustosa… pero no sé, me pintaba también caer al camping. Los pibes me esperaban con fernet. Allá voy.
               Cachi a las 2 de la mañana es fantasmal. No hay absolutamente nadie. Un par de faroles le dan un aspecto tétrico. Me da miedo, en serio. No me ve nadie, ya fue, voy corriendo, asustado. Upa, los pibes no contestan. El celular da apagado. Estoy jodido, ¿y ahora?. Entro igual, los tengo que encontrar, supongo. Doy vueltas, camino, voy, miro, vuelvo. Nadie. Complicado. Un par de pibas desveladas y un pibe me ven deambulando y me preguntan qué onda. Cómo les explico que estoy totalmente en bolas, sin nada. Que el único número que tengo da apagado, que no se los nombres de los pibes, que no me acuerdo cómo es el auto, ni su carpa, ni sé dónde estarán, nada. ¿Por qué ni está situación me preocupa? Ellos están mas preocupados que yo. No lo pueden creer. Y yo me rio. No tengo carpa tampoco. “¿Y qué vas a hacer?”. “No sé, supongo que me tiraré por ahí, abajo de un árbol, ya fue, re da…”. Las pibas, que dormían juntas, dicen que no van a poder dormir sabiendo que yo estaría afuera durmiendo en la tierra. Están preocupados, mal. Ja. En eso, el pibe se va, y vuelve con una carpa. El flaco tenia una carpa de repuesto de sobra. Un fenómeno. Y pensar que yo no tenia ni dónde caer muerto… “No sé ni armarla”, le tiro. Soy un desastre, el peor. El pibe terminó armándome una carpa para 4 personas para mi solo, un desconocido, a las 3 de la mañana.
                Definitivamente, este pueblo hace magia.

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