Estoy en una nube. Casi que ya soy una nube. Hace dos días que
convivimos entre las nubes. Si, “entre”. Quizás ya seamos como ángeles. O
mejor, personas con alas. Desde abajo no son tan queridas a veces. Grises,
mojan. Pero desde arriba brillan, reflejan el sol. El sol siempre sale sobre
las nubes. Glaciar de algodón, de ese dulce. Da la impresión de que se puede
caminar sobre ellas.
El
avión las surca, el bus también. Uno, el de Buenos Aires-Lima-Guayaquil, las
corta a 860km/h para alcanzar los 11.600 metros sobre el nivel del mar. El
otro, el de Guayaquil-Cuenca, las escala a mil para alcanzar los, calculo,
cerca de 3.000 msnm de Cuenca. El avión
parece tener ruedas y deslizarse suavemente sobre un mar de nubes. El bus
parece volar bruscamente sobre un precipicio verde y gris. En ambos viajo con
la lengua afuera como un perrito y los ojo maravillados de un nenito, mirando
por la ventana. Mientras, Barbi duerme, también como un perrito o como una
nena.
Le
tengo mas cagazo a este bus del demonio que en cada curva asoma al precipicio,
que al avión. La puta madre, para adelante apenas veo unos metros de ruta, y
gris. Y para el costado, apenas unos centímetros de banquina, y gris. Allá
abajo, gris. Nube arriba, nube adelante, nube abajo. Barbi pregunta “¿llueve?”.
No, estamos en las nubes.
Fue mi
primer viaje en avión. Y prueba superada. Impecable. Por lógica, conociéndome,
debería haber tenido miedo y eso, pero no. Puro disfrute. Quizás no caí que estaba tan
alto y nada bajo mis pies. Y menos mal que no caí: estábamos muy alto, hubiese
dolido bastante supongo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario