Otra vez ruta, otra vez dedo, y otra vez gris. El gris del asfalto se mezcla allá lejos con el gris del cielo. Como si la ruta condujera directamente a las nubes.
Y acá estamos, firmes en la lluvioza mañana, dedeando rumbo a Amaicha, qué lindo. Esta vez estamos armados para matar… o matear: mate en mano. Estamos completos, no hay manera de que un auto nos pase de largo, tenemos todo para ser levantados. Todo fríamente calculado: cámara de fotos colgando (da impresión de turistas), mochilas ya al hombro (si están todas en el piso aparentan muchos bártulos), cacho de pan casero y mate en mano (no sé por qué, pero garpa), ser no más de dos, estar parados estratégicamente donde los autos se vean obligados a aminorar la velocidad, y, mi fuerte, mi talento: ponerle buena onda y energía a cada auto, mirar a los ojos al conductor (eso los intimida y obliga, y en caso de seguir de largo, les da cargo de consciencia todo el resto de su viaje), sonreírles, saludarlos, y hasta hacer alguna payasada rara en la banquina. Y hasta dar lástima y ternura es una buena jugada de último recurso. No hizo falta llegar a eso. El segundo auto que pasó, frenó. “Los levantamos porque les vimos ganas de ser levantados de verdad, mucha onda le pusieron”. Encima resultaron dos vaguitos paisanos copados. Boinas, alpargatas y tonadas. Iban parando en el camino a apreciar paisajes y fumar, escuchando Charly y Los Redondos. Inmejorable.
Nos tiraron en la ruta, en la entrada a Amaicha, y ya ahí nos colgamos a charlar con la señora que vendía mermeladas (la de “cerveza negra” la rompe), y con un guía lugareño que pasaba por ahí y nos recomendó ir a “El Remate”, una cascada a unos 10 kilómetros río arriba. “Háganlo a pié, es precioso”. Su cara nos convenció. La expresión de su rostro al hablarnos de ese lugar, de ese camino, enamoraba. Le desbordaba orgullo al compartirnos su lugar.
También nos recomendó/obligó que nos compráramos unos buenos sombreros porque en Amaicha el sol pega peligrosamente fuerte. En la entrada hay un cartel que dice “360 días de sol al año”, pero arriba hay nubes. Las trajimos nosotros, perdón. Pero al tipo le confiamos todo, tenía la posta. Así que salimos del puesto ese con mucha vergüenza… ambos nos compramos unos sombreros onda cowboy, muy ridículos, mal. Gringos, papeloneros, caretas, pero efectivos. Encima él en negro y yo en blanco, igualitos. Dos aparatos.
Pero así y todo, ganamos igual (?), porque yendo para el hostelcito, pasamos por la plaza y nos cruzamos con varios pares de mis amigas de Tafí. Mates con unas, bizcochitos con otras, cerveza con otras. Ya éramos una gran banda. Sin embargo, con Mati metimos salida ñoña: Museo de la Pachamama. Planeado estratégicamente, huyendo del sol fiero del mediodía, y dejando El Remate para la tardecita.
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| Maldito Museo de la Pachamama. |
Según ese museo, el único y mayor dios de las comunidades aborígenes es un tal Héctor Cruz, restaurador, rescatador, creador y salvador de toda la cultura indígena. Ojo, lindos cuadros, murales que me dan ganas de tapizar toda mi casa, buenas esculturas y punto. Todo un escenario armado muy bonito que posa para las fotos, pero todo demasiado artificial. Te venden un Héctor Cruz endiosado que enamora. A la salida hay un libro para que los visitantes escriban mensajes. “Qué grande, Cruz”, le puse. Y cómo me arrepiento de eso. Me avergüenza ahora haber escrito eso. Porque al día siguiente, en las Ruinas de los Quilmes nos enteraríamos que ese famoso Cruz no era mas que un empresario que explotaba la región, tenia concesiones turbias, era amigo de Palito Ortega, hizo un hotel cinco estrellas al pié de las Ruinas. Ruinas que habían sido restauradas por los milicos en el ´77 para el Mundial. Por todo eso, a Cruz le hice la cruz (?).
Camino a El Remate, en la combi, una piba lugareña va cantando unas coplas con una voz estremecedora. Creo que todas las norteñas cantan bien. “Quiero defender la cultura de mis abuelos, de mis orígenes”, tiró con 16 años. Me dieron ganas de llevarla para Buenos Aires y que todos la escuchen cantar. Estoy seguro que ella sola puede limpiar al mundo de todas sus mierdas. Todo se detiene alrededor de esa secuencia, de ella cantando. Y pienso. Cómo sería el mundo si en vez de alabar a un ser imaginario barbudo, a una persona o a una institución, le agradeciéramos a la tierra, el sol y el agua todo lo que nos dan. Esos son nuestros verdaderos dioses, quienes nos dan verdaderamente la vida. ¿Por qué no la cuidamos y le agradecemos?.
Y para rematarla, El Remate (cuack). Linda caminata de exploración río arriba en una grieta entre dos cerros, por donde baja una cascada de deshielo. Pero mejor que el lugar mismo, siempre es el camino. Son unos 10km, así que decidimos volvernos caminando. Era “mas o menos para allá”. Ese era nuestro único rumbo. Por momentos bordeamos el río, por momentos siguiendo un canal que creemos que lleva al pueblo, algún senderito o hasta inventando nuevas rutas entre el bosque. Una expedición única, donde vamos encontrando varios tesoros, de esos que quizás nadie había visto antes.
El ocaso pinta los cerros del otro lado del río, el agua canta entre las piedras, y la lunita tucumana empieza a asomar entre los árboles. El pincel del sol tiene unas acuarelas de colores que no existen.
| Cielo de acuarela, sombrero y piedra pelota. |
Y entre todo eso, de la nada, del todo, del bosque… una canchita de fútbol. Es increíble, puede no haber agua, no haber tierra, hasta no haber gente, pero siempre hay unos arquitos, improvisados, como sea. En lo más recóndito de los paisajes, siempre hay una canchita. Eso me eriza la piel. No me puedo contener. Salgo corriendo. Agarro una piedra mas o menos redonda y me pongo a hacer jueguito. Aunque duela. Mi record de jueguitos con piedras es 14.
En el camino cayó la noche. Y ahí la noche es mas noche. No sé a cuantos kilómetros estaremos del pueblo, ni idea. Y supongo que serán cerca de las diez. Pintó el hambre. De la nada, mágicamente, apareció en el camino una almacén con tres casitas. Entramos con la intención de probar algo casero, autóctono, típico del lugar, pero era un supermercadito, nada que ver. Nos fuimos, frustrados y con lija. Pero a los pocos metros, nos corrió un pibito, diciendo que la otra vecina hacía comidas, que fuéramos.
Doña Keka nos hizo pasar a su casa. Casona grande, antigua, con patio central, de ensueños. Ella, una tucumana del ley, perfecta, dibujada, chiquitita, tímida, solitaria… y cocinera. Los mejores tamales y humitas que puedan existir, los originales, autóctonos, caserísimos. Después de esos, me rehusé a probar cualquier otro tamal o humita en otro lugar. Nos contó su receta, que será mantenida en secreto. Y nos contó historias del lugar, de ella, de todo. Y nosotros le contamos de nuestro viaje, de nuestras vidas, de todo. Nos contó que en esas mismas cascadas había habido hoy justo un casamiento increíble. Una pareja española se había venido a casar especialmente en ese lugar, bajo las costumbres y rituales de esta cultura (ahora entiendo qué eran esas cosas raras quemadas, arroz, plantas, y frutos en esa piedra/altar en plena cascada). Una ironía. Los mismos españoles que destruyeron nuestras tradiciones, nuestra cultura, ahora vienen maravillados por el exotismo de eso mismo que aniquilaron. Una paradoja. Hijos de mil puta.
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| Cristian, Facu, Doña Keka... y tamales. |
Doña Keka también hizo que por primera vez me gustase el dulce de membrillo. En Buenos Aires nunca me había gustado (perdón, abu), pero el de Doña Keka no se puede creer. Me dan ganas de no probar nunca más otro membrillo.
Toda esta secuencia es de no creer, difícil hasta de imaginar. Con Mati nos miramos y nos reimos, no lo podemos creer. Dónde estamos, con quién, todo.
Terminamos cayendo en Amaicha cerca de las 12 de la noche, re descolgados, todavía con las mochilas y los sombreros. Una entrada triunfal al pueblo, luego de una aventura completita, con una sonrisa mas grande que nuestro ojete. Bah, porque, como le dije a Mati, todo eso no creo que haya sido por simple suerte. Si nos tocó ese paisaje, si caimos en lo de esa señora, fue todo producto de nuestra predisposición y ganas de que eso pasara, de ir abiertos a vivir esas cosas. Podríamos haber vuelto en bondi, o haber comprado sanguchitos, pero no, nosotros decidimos buscar estas aventuras diferentes. Y no hay chance de que algo no salga así, soñado. O aun mejor.
Y a la mañana siguiente, arrancamos hacia Las Ruinas de los Quilmes. Ya en la entrada, un par de vagos entre charango y copas nos cuentan las andanzas de ese famoso Cruz. Eso me defraudó demasiado. Después le intentamos meter onda y voluntad para que estén buenas, pero nunca llegaron a impactarnos. “Bueno, cumplimos, no me generaron mucho, pero eran insalteables”, coincidimos al finalizar el paseo. Quizás porque fue en pleno mediodía y el sol se sufría. Quizás porque ver en ruinas la lucha de ese pueblo un poco bajonea. Hoy queda mucha piedra armada, réplica de lo que fue una ciudad arrasada por los putos colonizadores, que desterraron a los Kilmes y los mandaron a pie y azotes al sur del Gran Buenos Aires. Apenas quedan rastros que dan cuenta de la asombrosa sabiduría de las tribus nativas. Y queda el hotel de Cruz al pié de las Ruinas, con una pileta que deprime y le saca la magia al lugar.
“Si llegamos hasta arriba, como premio morfamos allá”, fue el pacto motivante. Los sanguchitos allá arriba fueron de lo mejor. Mirador vigía de puta madre, sentaditos en la cima de las Ruinas, en soledad, paz, y membrillo casero.
Listos para arrancar directo pa´ Cafayate…
Escuchar El canto de los Kilme y escuchar el Vientito de Tucumán.


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