En la senda del Tafí



“Hola, ¿Qué onda?”, le tiro de una a la primera persona que me cruzo en la calle. Y eso alcanzó para que ese pibe resultara mi mejor compañero de viaje.

Llegué a Tafí del Valle, a puro dedo. Me siento realizado, me siento todo un mochilero ahora. Antes me sentía un porteño disfrazado, jugando a ser mochilero, pero me fui obligando a hacer cosas de mochilero, como pruebas a superar, a superarme a mi mismo. Y acá estoy. Qué raro y lindo es llegar a un lugar sin ninguna idea de qué hacer, ni cómo, ni nada. Eso que antes de emprender todo esto me generaba incertidumbre y hasta miedo, ahora lo estoy viviendo y la verdad que no es tan malo. Tanto que es mi única guía de viaje.

Otra vez caigo y miro para todos lados, para dónde arrancar, manos en los bolsillos. El centro de Tafí tiene cierto parecido a… ¿San Bernardo? Por eso le quiero escapar. Hay muchos turistas, familias, todo artificial y preparado. Enfilo hacia el rio, el ceyo. Camino apenas dos metros desde donde me dejó el dedo, me le acerco a la primera mochila que veo, y del “¿qué onda?” brotó solita una perfecta pareja de viaje. Ese pibe resultó ser un tal Matías, otro viajante solitario. (Esto lo estoy escribiendo sentado en el piso del Cabildo de Salta Capital, ya 10 de enero. Vengo atrasado con la escritura. O pasan mas cosas de las que llego a escribir. Qué lindo eso). Pegamos buena onda, complementos perfectos. Marido y mujer. Al rato estábamos almorzando empanadas caseras en la orilla del rio, solos. Sentarse en una piedra a… nada, a sólo sentarse en una piedra.

Huir de todo esto comercial, ya. Cruzando el puente había dos caminos: uno asfaltado, hacia unas casonas y bla bla, y el otro, de tierra, hacia allá abajo, agreste. Al de tieya, de cabeza. Allí, entre los yuyos, 3 o 4 casitas re humildes. Soledad, una señora de ahí, nos convidó agua amablemente y nos colgamos charlando en la puerta. Es imposible no colgarse a hablar con todo lugareño que te cruces.

Con Mati congeniamos de entrada. Veníamos de lugares diferentes. Él del campo santafecino y yo de plena ciudad de Buenos Aires. Pero ambos íbamos para el mismo lado. Teníamos la misma idea de viaje.  Además de destinos y rutas parecidas, pensábamos lo mismo en cuanto a cómo hacer este viaje. 

Por eso nuestra primera “excursión” fue ir en contramano a toda la ruta comercial armada para la gilada. Trazamos un nuevo camino. Callecita que no llevaba a ningún lado, donde las casitas se iban transformando en ranchos de chapa. Barro, perros, pibitos jugando en un potrero más digno de Fiorito que de del careta Tafí del Valle. El paisaje se resume en una postal de un auto abandonado entre los yuyos, totalmente deshuesado, con ovejas ya grises reposando encima. Grises como el cielo, y como ese paisaje hermosamente desolador. “Ningún otro mochilero anduvo por acá”.

(Esta parte la estoy escribiendo en un bondi chatarra, de Cachi a La Poma. Sin señal en el teléfono. En el medio del desierto de la Ruta 40. El chofer nos avisó antes de subir que hoy no iba a haber chance de volver, que el primer bondi volvía recién al día siguiente)

(Ahora estoy escribiendo desde La Poma. Está anocheciendo y estoy totalmente varado e incomunicado. Temo por mi vida, posta. Si salgo de esta, mas adelante les cuento…)

Apuntamos a subir el Cerro de la Cruz. Yo todavía cargaba las dos mochilas y ni daba subirlas a cuestas.  Así que, con la excusa de ir a cargar agua, fui a visitar nuevamente a mi amiga Soledad, con la clara intención de dejarle un rato la mochila pesada en su casa. Desplegué todos mis encantos y después de un buen rato de charla amena, me fui con agua fresca y sin mochila.

A cada paso, menos aire. Pero mas fotos. Nuestros paseos se hacen eternos. Los lugares son imponentes, si, pero nosotros resultamos dos enfermos de hacernos los fotógrafos. Yo tengo una cámara bastante buena, dicen, pero sin saber usarla (desde Buenos Aires me mandan instrucciones de uso vía sms). Y él, un gran fotógrafo aficionado con una réflex muy pro. Además de mi mujer (o mi marido), era también mi profesor personal. Demasiado.

Subimos. Él me acompañó un tramo y aflojó. Yo me acoplé a otro grupito para seguir subiendo. Cuatro pibas. Una rubiecita de ojos claros, Dafne, de pinta alemancita, y su amiga, otra flaquita. Dos fifí de San Isidro que habían llegado en avión. Y las otras dos, con las que mas onda pegué, eran Alexandra, una alemana original, y Carla. “¿Vos sos Campos de apellido?”, tiró la alemana de la nada. Nah, no lo puedo creer. Miles de kilómetros de casa, cientos de metros de altura, y una alemana me reconoció. Resultó que era amiga de mi hermano de “Un Techo Para Mi País”. Estaba sorprendida de lo igual que soy y hablo al melli (creo que a Nacho). Y por si fuera poco, la otra chica estudia Comunicación en la UBA, como yo (fija que tenemos varios “Amigos en común”), así que de entrada tuvimos temas en común con todas. Bah, con las dos chetas no.

Egresados 2011: nos recibimos de mochileros (?)
En la cima esperaba un paraíso. Banda de grupitos de minas. Todas minas. Ni un pibe. Todas. Parecía una excursión del viaje de egresados de 7° en Carlos Paz. De golpe somos un gran grupo de 20 pibas y yo, charlando y mateando. Creo que quedé como el amigo gay, porque de entrada las enternecí hablándoles de Bahía. Ese grupo fue la base de los grupos posteriores. Lugar donde fuese de ahí en mas, el más inóspito y raro, me cruzaba a alguna de esas.  Creo que nunca supe los nombres de ninguna, pero yo en cualquier pueblo escuchaba un “hey, hola Facu Campos”. Me sentía en Sanber (?). El hecho de estar felizmente de novio y ni chamuyármelas creo que les daba confianza y tranquilidad. Me amaban (?).

Desde acá arriba se ve todo. Tafí es diferente. El mundo se ve diferente.

El color es gris, el olor es verde. Fresco. Puro.

Se está en una nube, literal y metafórica. Esas nubes grises bajan por las laderas de las montañas. Se tocan, se tapan, no hay horizonte entre el verde y el gris, se diluyen el uno en el otro. Eso hace que el valle esté completamente cerrado. Tierra, montaña, nube. Marrón, verde, gris. Una burbuja. El domo de The Truman Show. Estoy encerrado ahí, en ese cuadro. No hay otro lugar, no hay otro tiempo. Pierdo relación de todo. Cuesta caer en la cuenta de dónde estoy, y cuando lo hago, no me la creo. Me rio y no lo creo. Y el tiempo, menos. “Vengo viajando desde hace ya… ¿una semana? ¡uh, no, recién voy un día, no lo puedo creer!”, le comento a algún alguien.

Bajando del cerro recién me doy cuenta de que todavía no tengo un techo para pasar la noche, que estoy en bolas, y que tampoco me preocupa mucho…

Tenía la esperanza de caer en alguna casa de familia. Era el sueño desde que soñé este viaje. Y no de rata, sino por compartir unos mates, cena, con una familia del lugar. Ser uno de ellos, vivir una noche como otra persona.

Ya sé. Voy al almacén. Le caigo a Sole (?) con unas leches y unos fideos. En forma de agradecimiento por bancarme la mochila y, además, como intento de boleto a pasar una noche ahí con ellos.

Rodri, Facu, Pablo
Tomás y Andrés.
Bolsas en mano, antes de llegar a la casa, uno pibitos improvisaron una canchita de fútbol en el descampado. Un arco con ramas dobladas, impecables, y del otro, con piedras.  Tomás, Pablo y yo, contra Andrés y Rodrigo.  El primer partido lo perdimos 10 a 8. Me costó aclimatarme a la altura. Tiré tres enganches, un desborde por la calle de tierra, y no podía respirar. Y los pibitos la rompían. Pedí revancha, no podía irme así. Lo jugué a muerte. Hice varios foules. Grité. Protesté. Hice trampa. Lo ganamos en “gol gana”, con gol mío. Golazo. Había que definir por penales, ya era de noche.  Me toca definir a mi. Ellos erraron uno. Si meto, ganamos. Lo tiro por arriba del travesaño. Tomás me mira para el carajo. Ellos erraron otra vez. Lo pido nuevamente, quiero revancha. Lo tiré más arriba todavía, lejísimos. Pero posta que la pelota de plástico y la altura son jodidas, mal. Ahora ellos metieron. Si erro, perdemos. Lo pateo yo, obvio, no me lo saca nadie. Lo tiro miedosamente al medio y me lo ataja. A lo Palermo. Me quiero matar, en serio. Y mis compañeritos también me quieren matar. Igualmente nos juntamos los cinco para la foto de equipo y hasta me firmaron mi remera de viaje.

Al rato llegó Soledad. Pasé a buscar mi mochila y a tirarle la onda de ser alojado allí. No se animó, creo yo. En un rato llegaba el marido de laburar y ni daba, claramente. Hasta los pibes le pedían que me quedara. Les dejo los fideos y las leches. Pero me llevo algo. Me llevo su tonada. Quiero que se me pegue esa tonada. Quiero volver a Buenos Aires y contagiar a los demás diciendo “ceyo” en vez de cerro. Creo que la ciudad sería mas amena si existieran mas “y” y menos “rr”. Creo que el mundo sería mas lindo si todos habláramos en tucumano.

Uy, ya es de noche y yo sin hospedaje. Jugadísimo. Encaro para el hostel  donde estaba parando Mati, en el centro. Apenas entro, ya me saluda un grupito de pibas. Estaban todas los del cerro, joya. Pintó comida multitudinaria y rondas de Fernet. Se convirtió en una gran “previa”, así que esa noche se salía. La idea era ir a una supuesta peña. Resultó que tenía bol de boliche, luces de colores y caño. Nada que ver. Huimos. Quisimos ir a hacer un fogón al cerro. Un fiasco. Nunca pudimos prender el fuego. Y encima el Ferné se acabó al toque, así que volvimos frustrados y rendidos a dormir. Mañana bien tempranito arrancamos con Mati a dedo para Amaicha.

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