Dulce Cafayate


Diego, Mati, Facu y el hostel.
                Desde el bondi ya se va notando que Cafayate es toda una ciudad, bastante mas grande que los pueblitos que venía conociendo. Abrumadora con respecto al ritmo que veníamos teniendo. Es llegar, bajar del colectivo, y que una mina encargada de los alojamientos de toda la ciudad, te avasalle ofreciéndote sus cadenas de hostels, casas, organizándote todas las excursiones onda contingente. Me asqueó, nos asustó. Y le huimos. Terminamos cayendo en un hostel de esos internacionales, pero por la nuestra. Tiene toda la onda, terraza con vista panorámica, sillones, hamaca paraguaya, barcito, todo ahí arriba. Y repleto de extranjeros. Habitación de 15 personas. Todos juntos. Un yanqui que venía viajando hace 5 meses desde Los Ángeles hasta Ushuaia, en moto. Dos pibitas isrealitas. Cómo les gusta la joda a las isrealitas, no se puede creer. Tres rubias francesas que estudiaban en Rosario. Gran combinación. Levantarse a la mañana y ver a esas tres caminar por delante de uno, como si nada, en bombachita, hace dudar si realmente me había despertado o no. Y también estaba Diego, un rasta que rápidamente se sumó a nuestro grupo. Diego era otro fotógrafo con varios viajes encima, tipo serio, sabio, con experiencia. Era su segunda vuelta por el Norte.

                Es de noche ya, y no encontramos peñas para ir, así que estamos en la plaza. “Ya fue, si no hay peña, armémosla nosotros”, tiro. Y de golpe, de la nada, aparecen “Los tres pibes de Tafí”. Nunca supe sus nombres, se llamaban “los tres pibes de Tafí”. Siempre aparecen de la nada con su bidón azul lleno de Fernet. Pero siempre, eh. Infaltable. También aparecen las chicas, con un tano, Giovanni, un escultor de Florencia que venía viajando solo. Y por si fuera poco, cayeron dos hippies disfrazados de payasos con sus guitarras a cuestas. Son dibujos, no son reales. No pueden serlo. Y se armó la peña nomás. O mejor que peña, se armó una re guitarreada en plena plaza. La gente pasa y se anima a cantar, a tocar. Folklore, rock. Suenan desde Charly, Pappo y Spinetta hasta Raly Barrionuevo, Atahualpa. Sambas y chacareras hasta las tres de la mañana. “Soy de la ciudad, con todo lo que vez… con su ruido, con su gente, consume vejez…”. Suena La Vela. No lo puedo creer. ¡Está sonando La Vela Puerca en Cafayate! Creo que soy el único que la está cantando. Mal, desafinado. Soy horrible cantando, pero La Vela me sale sola. Ya queda poca gente, pero yo estoy en medio de la plaza a las tres de la mañana cantando La Vela con una sonrisa de nene y una piel de pollo desbordante. Qué lindo, se armó lindo. Después de esto, me puedo ir a dormir tranquilo.

                Nos recomendaron que vayamos a El Divisadero, unas cascadas en medio de la montaña. Le robamos toda la información a las agencias, y salimos temprano para la plaza a armar nosotros mismos la excursión. Preguntando por ahí, consigo un tipo con una combi que por unos pesos nos lleva. Son unos 8 kilómetros. Recolectamos gente amiga por ahí, y llenamos nuestra chata.

                Allá encontramos un pibe que vivía ahí por el monte, José, que nos hizo de guía. “Metenos por los caminos mas complicados”. Y eran jodidos posta, eh. Pasar por cornisas de centímetros, con precipicio abajo. Un resbalón es muerte, de una. Trepar piedras, cruzar ríos, meterse en cuevas. Completito. Y todo con el objetivo final de llegar a una supuesta gran cascada. De golpe, me freno y miro detenidamente el paisaje. Ya nos metimos dos horas en medio de la montaña. Parece que estoy en Jurassik Park. Paredes verdes se levantan por todos lados. Pero en vez de dinosaurios, hay cabritos de montaña. Bajan desde allá arriba, por las piedras, por las cornisas, por las paredes, como si nada. Son laderas imposibles. Saltan en fila un riachito. Me pasan por al lado. Yo inmóvil, sin reacción. Sin querer interceder en esa película de Disney. Era Bambi, en vivo.

"Aaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhh...!"
                “¿Esta es la famosa cascada?”, repetíamos en cada caidita de agua. Y José se nos reía. Pero después de cuatro horas de dura caminata, no preguntamos mas. Esta sí que era la cascada. Paraíso. Entre selva y montañas se abre un oasis de esos que te dan ganas de tirar las cosas y salir corriendo hacia allí. Y eso hice. Hace un frío bárbaro, y está empezando a lloviznar. Nadie se anima a meterse. Yo ni lo dudo. Malla y adentro. No tengo toalla, ni nada para cambiarme. No importa, después veo. “Una vez sola en la vida te encontrás con estas cosas”, pienso. Es una caída de agua de unos 15 metros. Suena fuerte y se ve aun peor.  Asusta. Está helada. Uff, respiro, corro… ¡y plaf! Heladísima. Desespera. No veo nada, no siento nada. Ya no siento el frío, ni el tiempo, nada. Me meto justo debajo de la caída. Quince metros de agua en mi jeta. Grito. Pega fuerte, tira para abajo, no hago pié. Desespero mas. No siento frío, siento fuerza. El agua me caga a palos, y me la banco explotando de alegría. No me puedo ir, no quiero. No sé si pasaron diez segundos o cinco minutos. No recuerdo haber respirado en todo ese momento. Salgo. No se si tiemblo de frío o de emoción. Tampoco me importa mucho. Diego va y se sube a una gran roca e improvisa un tobogán de cinco metros. Y sale vivo. Me da un miedo bárbaro, pero lo tengo que hacer. Trepo, me acomodo… tengo miedo de morirme en ese momento. Pero hay mucha gente mirando, ya no puedo volver. La puta madre, me tiro. Fiuuummm. Plaff. Ahí sí que no respiré.

                A la noche, después de un suculento plato de arroz con salchichas (otro mas), y después de haber caminado mas de siete horas por la montaña, el plan pinta tranquilo. La idea es hacer plaza un ratito, probar el tan recomendado “helado de vino” y a la cama. Pero aparecieron las guitarras.

               Y me pueden. Hasta que no se callan, no me puedo ir. Y estos vagos le dan duro y parejo. Hasta que se haga de día, o se acabe el vino. Y así fue nomás. En la plaza hay unas 200 personas. Todos. Estos tres pibitos de 15 años cantando el ´"Carnavalito" con fuerza, orgullo y piel, no se pueden creer. Viejos se suman. Porteño mezclados con santuegueños, coros multitudinarios, malabares, “aro, aro, aro…”. Se re puso la plaza.

                Encima, Jony, el mas groso de los hipones que cantaban, cumple años, así que tipo 3 de la mañana tira: “che, vamos todos para la casa a seguir de fiesta”.  Re da. Primero con Mati no nos animábamos, re descolgados. Nos quedamos por ahí deambulando a ver qué onda, y pasó uno loco disfrazado de Chaqueño Palavecino. Nos mandamos con él, como si fuese un rrpp de boliche. Puertita de madera, muy clandestina. Hay que decir una clave para ingresar. O muy vip, o muy turbio. Rarísimo. Intriga. Entramos. Están esos mismos 15 o 20 locos en ronda de guitarras y damajuana. Están todos los personajes del pueblo. Los dos pibes disfrazados de payasos, el rubio, el falso Chaqueño (cuenta que debía estar dando un show en un bar y se escapó), Semilla, el típico borracho de pueblo, un duo de copleros santiagueños, un rolinga doblado, y otros dos colados como nosotros. Esos dos y Matu huyeron al toque. Quedé solo con todos ellos. Nadie pero nadie me conoce, pero me pasan en vaso de vino en todas las vueltas. Shhh. Silencio atroz. “There’s a lady who’s sure all that glitters is gold… And she’s buying a stairway to heaven…”. Se fueron al carajo. Stairway to Heaven. Orgásmico. El rubio se suelta el pelo… es Plant. Cierro los ojos y está Zeppelin tocando en esta cueva. Meten coros, improvisan instrumentos, todo. Perfecta.

                Y era una cueva de verdad, eh. Habitaciones a medio terminar, sin muchos techos, ladrillos, mil birras vacias, cajones de banquitos y bolsos como camas. Era una casa tomada. Pero literalmente, posta. Estoy en una casa tomada. ¡Los vagos estos paran en una casa tomada! Recién cuando todos terminaron de caer muertos en el piso, así como estaban, y no cantaban mas, me pude ir. Lleno de vino y de música.

                Ritmo de viaje de egresados. Al otro dia a levantarse y seguir viaje.  “Quebrada de las Conchas” (si, se llama así, así que promete ser interesante, ja), y seguir viaje pa´ Salta Capital. El atractivo es ir viendo las distintas “formaciones” raras. El Sapo, el Obelisco y el Fraile, unos fiascos. El guía los señala, y yo lo miro a él, mal. Sospecho que es una joda, nos está boludeando. El Sapo es un castor, el Obelisco parece uno de los lobos marinos de la Rambla de Mardel, y el Fraile… no sé, no lo entendí. Después, La Punilla, Los Castillos y La Yesera, ya están buenas. Caminatas por paisajes raros, dibujados para películas, mucho no se entienden. Formas y colores que no existen. No puede ser que todo eso sea natural, tiene que haberlo tallado y pintado alguien, no puede ser.

                Desde el micro veo en la ruta a los locos de la guitarra. Anoche dijeron que hoy iban a ir al Anfiteatro en bici (por eso lo de “locos”, porque son banda de kilómetros) a seguir festejando el cumple de Jony. Tocar, acampar, cantar, tomar, tocar y cantar. Van en unas bicis destartaladas. Me quiero bajar del bondi a ir con ellos.

                Llegamos al famoso Anfiteatro y justo están llegando ellos, todos en caravana. Un ojete bárbaro. Desenfundan las guitarras y el Anfi  tiembla. "Como un cuento..." se siente en el aire, en las paredes. Es un lugar naturalmente preparado, ideal dicen, con una acústica única en el mundo. Ahí grabaron varios grosos… Lo que lo están haciendo sonar estos vagos no se puede explicar, por eso acá se los grabé en video. “Un chalchalero no es… un Rolling Stone”. Y el chofer del micro me tocaba bocina. Están todos arriba del bondi ya, y yo no me quiero ir de acá. Paren el tiempo, por favor. Me bajo acá, llegué al paraíso.

                Pero no. Tuve que seguir la excursión. Garganta del Diablo, muy linda, si. Terminó y tenemos que esperar media hora en la ruta al bondi que nos lleva a Salta Capital. Ya fue. Me calzo la mochi y vuelvo solo para el otro lado. El Anfi está a 300 metros. Vuelvo con los pibes. Siguen cantando todos, entre vino y clavas. Música y circo. Suena "Seminare" Felicidad pura. Me ven y no entienden qué hago yo de vuelta acá. Pero otra vez me pasan el vaso. Me invitan a quedarme a acampar con ellos ahí mismo. Creo que si no tuviese el pasaje comprado y la mochila allá lejos, me hubiese quedado. No había chances, asi que me guardé todo eso bien adentro, todo, hasta la última gota de música, y tuve que salir nuevamente a la ruta a patear. Y no sé si soy yo o la ruta, pero hasta ella está increíble. El atardecer y la ruta siempre son una buena combinación, pero caminarla solo es volar. Tanto que hasta me lamenté la llegada del bondi. Prefiero quedarme acá sentado en medio de la ruta.

                Para mi que esa ruta algo tenía, porque hasta hizo lindo el viaje en bondi. Tuve la suerte de que una vieja me cagara mi asiento, así que ni daba sacarla. Fui y me senté en el asiento del acompañante del chofer. Elbio tiene la posta. “Salta es muy húmedo, va a estar lloviendo”. Y nos acercamos a Salta y se larga terrible lluvia. Noche cerrada, agua cerrada, y Elbio abría camino a mil. Mientras maneja, charlamos y me mira a mi. “Por favor, mirá para adelante que me hago caca”, le digo. La tiene demasiado clara igual. Voy tan tranquilo que me duermo hasta llegar a La Linda…

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